domingo, 19 de noviembre de 2017

¿Puedo empezar ya a ver películas navideñas?

Por qué negarlo, serán los días más cortos, esas horas de oscuridad de más que hay que rellenar de alguna manera, pero cada año por esta época, siento ansias vivas de darme plenamente al moñerismo. Porque en contra de algunas creencias, tampoco lo hago tanto el resto del año. 

Pongo como ejemplo que me decepcionó bastante, romanticamente hablando, y contra pronóstico, el idolatrado San Junipero de Black Mirror. Será que soy algo clásica respecto al tempo, pero en cuanto a enamoramientos, me va más el roce que el flechazo. 

Cierta nostalgia invade mi cuerpo ahora que empiezo a rememorar el año, archivando mentalmente aquellos momentos que se han ganado un hueco en mi memoria. Y quizá por ir asentando esas nuevas experiencias, tiendo a repetir ficciones año tras año, regocijándome en el gusto de ver historias de las que ya conozco el final. 

Navideñas es un decir, o mejor dicho, las vuelvo yo. Será un mecanismo de defensa para que no se me enfríe el corazón tanto como los pies. 

Así, empezaré calentando motores con Wall-E, que siempre queda bien y no denigra mi estatus intelectual. Quizá seguiré con Frozen, un clásico de nuestros días al que aún no se idolatra lo suficiente. Compensaré un poco con Monstruos S.A., pocas películas me devuelven tanto a la infancia, aunque la viera por primera vez ya entrada en la veintena. Es buen sustituto para Cenicienta y Merlín el encantador, casi imposibles encontrarlas ya en su doblaje original. Y aquí, o consumimos mandanga de la buena, o nada.


Nunca pueden faltar Mientras dormías, favoritísima entre todas con esa mirada de Bill Pullman creando expectativas, y El diario de Bridget Jones, con sus frases para la historia y su banda sonora para enmarcar. Añadiré Love Actually, más por la presión social que por preferencia personal, nunca está de más cierta dosis extra de Colin Firth haciendo las mil y una versiones de Darcy. Subiré el listón con El Apartamento para bajarlo estrepitosamente luego con la sobredosis de Hallmark que me ofrecerá y aceptaré en Netflix y redondearemos todo con Beautiful Girls. Siempre es un placer volver a donde los amigos de toda la vida. 

No puedo prometer que esto será todo, lo dicho, me suele dar bastante fuerte. Por de pronto, el otro día mi chica de la habitación de al lado, me instó a que no me perdiera el capítulo 14x07 de Anatomía de Grey y aunque hace algún tiempo que lo dejé, siguiendo su "cualquiera que haya sido fan debería de verlo" lo vi. Me entró tal nostalgia que fui directa al 1x01 con una bolsa de Risketos como acompañamiento. Ni qué decir que detrás vinieron el 1x02 y el 1x03, y estoy deseando terminar de escribir para ver el siguiente. Todo pinta que también pasaré las Navidades en el Seattle Grace.

Pero, ¿puedo empezar ya? ¿O debería esperar hasta el maratón anual de Acción de Gracias con Friends?

domingo, 12 de noviembre de 2017

Sentarse tranquilamente

Sentarse tranquilamente y mirar. Mirar llover, mirar a los pájaros volar o mirar a las hojas caer.

Sentarse tranquilamente y desayunar, con todo el ritual que ello conlleva. Sobre todo con ese café tan caliente que tardará en estar a una temperatura bebible. 

Sentarse tranquilamente delante de la chimenea y vigilar el fuego, la lumbre. Disfrutar del calor que emana, del chisporreteo que suena, de los colores que se ven en las llamas. Decidir si ponerle más leña o si por ahora tiene suficiente para ir tirando.

Sentarse tranquilamente con un libro entre las manos, sin tener que mirar el reloj y siendo los capítulos los que marcan el paso del tiempo. 

Sentarse tranquilamente para hacer un autodefinido, poniendo las palabras que sabes e inventándote otras. Luego ya si eso leerás el periódico.

Sentarse tranquilamente y dejar el libro que lees para coger otro, porque simplemente te apetece cambiar de época y lugar. 

Sentarse tranquilamente porque las alubias ya están hirviendo a fuego bajo y aún falta un rato para que te pongas con los sacramentos. 

Sentarse tranquilamente y pensar que ahora te apetece ver un capítulo de esa serie que tanto te está gustando y que ya has empezado a dosificar. 

Sentarse tranquilamente y leer alguno de los mensajes que te han llegado preguntando ¿aún no te has aburrido? Y parece mentira que no te conozcan porque rara vez te aburres.

Sentarse tranquilamente y preguntarte, ¿pero qué día era hoy?

Sentarse tranquilamente y no hacer nada, porque a veces hacer cosas está sobrevalorado y las vacaciones están para volver como nueva de ellas. 


Mañana ya será lunes, disfruta de las últimas horas. 

domingo, 5 de noviembre de 2017

Mirando las nubes pasar

He desactivado el despertador para una semana. Hacía semanas que lo tendría que haber hecho pero quién me iba a decir que llegaría el día que procrastinaría vacaciones. Y así, me encuentro en pleno noviembre, planeando una semana en el pueblo donde pasé los veranos de mi infancia, con cierto miedo a que no haya leña suficiente para este friolero cuerpo.

Sé que no me voy a aburrir, siempre tuve la sensación que me aburría más en una ciudad llena planes que en el pueblo donde cada uno se busca su quehacer. Será mi Heidi interior, que intenta rebelarse cada vez que me pongo colorete. Porque a veces, el mejor plan es pasarse dos horas haciendo el fuego del horno de leña, para que a final, te puedas comer una pizza. O que vengan unas amigas de visita y que el café tenga que ser de puchero. Todo ese rollo del hygge que ahora han puesto de moda los daneses.

Llevaré la maleta llena de jerseys y de libros que lo suyo me ha costado elegir. A día de hoy, sigo renegando del libro electrónico, creo que casi disfruto más eligiendo las lecturas y viendo el espacio físico que ocupan en mi vida, que después leyéndolas. Así, me voy con El corazón de los hombres de Nickolas Butler por la mitad y para empezar Detrás del hielo de Marcos Ordóñez, Un lugar pagano de Edna O'Brien y un punto de frikismo con Star Wars: Filosofía rebelde para una saga de culto de Carl Silvio y Tony M. Vinci. Será por horas de lectura. Si a esto le añadimos que llevo descargadas las primeras temporadas de Mindhunter y Vikings, el San Junipero de Black Mirror, los últimos tres capítulos que me quedan de Stranger Things y alguna que otra película que lleva meses pendiente, entretenida estaré.


Siete días por delante, con la única premisa de no tener obligaciones y dedicarme a ver la vida pasar. Como aquel señor de El Bosque Animado que cuando le preguntaban si no se aburría viviendo en el pueblo, que al menos en la ciudad te entretienes mirando la gente pasar, y contestaba que para qué quieres entretenerte mirando a la gente pasar si puedes estar mirando a las nubes pasar.

Renovada, pero volveré.

domingo, 29 de octubre de 2017

Cuando te dibujan



Cosas que tiene tener amigas que parecen haber salido del Renacimiento. Como Irati de letitare, que además de tener una marca de ropa espectacular, hace dibujos así de chulísimos que consiguen sacar la parte más narcisista de una misma.

Eskerrik asko, Irati!


P.D.: Por si en el post no se ve claro el enlace, aquí os lo vuelvo a repetir: www.letitare.com

domingo, 22 de octubre de 2017

Una niña de la Real

Últimamente, siempre me acuerdo de la misma anécdota: tendría yo unos once años cuando un día entre semana, la Real jugaba en San Mamés el ansiado derby. Mi madre, que por encima de cualquier afición veía la necesidad de que su hija fuera bien dormida al colegio la mañana siguiente, me mandó a la cama y aunque alguna protesta solté, obedecí con un plan B ya en la mente. Una vez en mi cama, con la puerta cerrada y a oscuras, salí sigilosamente para hacerme con mi walkman y girando la ruedita a la vieja usanza, sintonicé alguna de la de las emisoras que estaba dando el partido.

No sé cuánto tiempo estuve, diría que el partido ya estaba empezado cuando me puse a ello. Aún y todo, me pasé un buen rato con aquellos cascos grandes a medio poner, como si una locutora de radio fuera, por un oído escuchando el partido y con el otro fijo en el pasillo por si se acercaba mi madre, no fuera a oír algo. Y en esas andaba concentrada, cuando Idiaquez metió el definitivo 1-3 y no pude remediar algunos super silenciosos aspavientos entre sábanas, máxima expresión de alegría contenida. 

Este verano, me enteré de cierto cotilleos futbolísticos bastante fidedignos que hicieron tambalearse mi pasión. Sí, esa pasión que se supone es lo único que nunca cambia. Mi racional cabeza, intentaba encontrar alguna explicación a esos ramalazos tan irracionales, a veces tan en contra de mi voluntad, que me dan cada vez que la pelota empieza a rodar encima del césped. Hay tantos aspectos del fútbol moderno que no me gustan, que cada vez soy una sufridora más solitaria. Me aburre el negocio, muchos medios de comunicación, el bipartidismo derivado de las dos anteriores, la gente que en vez de disfrutar no hace más que quejarse, los jugadores que no se dan cuenta de que tienen un empleo demasiado remunerado... Y yo, que sigo siendo aquella niña a la que nunca llevaron a Atotxa, suspiro de nostalgia por ese fútbol que ya nunca volverá. 


En esas andaba cuando empezó la temporada presente, pensando en la pena que me dará si algún día dejo de ser socia de Anoeta pero siendo consciente de todo lo que apoyo con mi afiliación, cuando entré a un bar a por el bocadillo de turno para aquel partido de viernes noche. Mientras esperaba a pedir, me fijé en una madre y su hija que estaban un poco más adelante que yo, inmersas en el mismo cometido. La niña, que tendría unos 10 años, llevaba puesta la camiseta txuri-urdin y me di cuenta que enseguida se fijó en la bufanda que colgaba de mi bolso. Por lo bajini, le comentó algo a su madre mientras me señalaba con disimulo. 

El camarero me preguntó si iba al partido, me comentó a ver si ganábamos y seguramente hice tiempo mirando el móvil. Como la niña y su madre habían llegado antes, suyos fueron los primeros bocadillos que salieron y justo al pasar a mi lado cuando se iban, la niña, me miró con una mezcla de timidez y hermanamiento, y me soltó un agur con una leve sonrisa pizpireta en la cara. Yo le devolví el saludo con otra sonrisa, la mejor que tengo, y en ese preciso momento, me reconcilié con el fútbol. Por esa pasión compartida, por esas alegrías en plural que tanto merecen la pena. Porque en aquella niña vi mi yo de juventud, cuando cualquier cosa que implicaba blanco y azul me llenaba de emoción y nerviosismo. 

A ella, por mi parte le deseo que aprenda a disfrutar y a no sufrir demasiado. Que cada victoria le sirva para estar de mejor humor y cada derrota para ver cine y olvidar. Que tenga alguna celebración épica, da igual si es un segundo puesto, un cuarto o un ascenso. Que alguna vez a los dieciséis esté de farra, se encuentre con su jugador favorito en la cola del baño de algún bar y que no sea capaz de articular palabra. Que le tienten con algún viaje en autobús eterno, que acepte y pueda ver la cara que ponen los lugareños de allá donde vayan con alguna kalejira interminable. Aunque luego se pierda. Que alguna vez le inviten a una cena con Bixio y escuche embobada todas esas anécdotas que ella nunca vivió. 

Que sea una lección de vida de cómo disfrutar de las pequeñas hazañas.  

domingo, 15 de octubre de 2017

Mi olor a otoño

Adentrarse en un hayedo, con tonos verdes, amarillos y ocres, pisar suave, como sin querer enturbiar la paz que se respira, ese silencio ruidoso, con el ritmo marcado por las hojas balanceadas por el viento, mientras algunas caen y otras deciden esperar, cerrar los ojos y oler. Esa reconfortante mezcla de humedad, madera y viento sur, que te lleva a casa, a la infancia, donde los domingos otoñales eran para recoger castañas y comer pipas al rededor de una mesa con mantel de hule a cuadros rojos y blancos. Ese olor a otoño que tan lejos queda ahora de la rutina diaria. 


Después, llegar a la ciudad y que el pleno octubre siga oliendo a verano, a noches con la ventana abierta que se mezclan con la ausencia de un viento del norte que aún no llega. Esa falta de salitre en el ambiente. Un otoño atípico, en el que el bizcocho de jengibre y canela parece estar de sobra y el castañero fuera de sitio. Como si cada mañana el maravilloso olor a café diera un calor extra que no se necesita. 

Un otoño, el mío, en el que al menos ya huelo a sándalo, que como buen fiel compañero me reconforta y me activa con su aroma cálido y personal. Madera y más madera, simple, pura, a veces intensa, a veces fresca y a veces dicen que sensual. Uno de esos olores con los que a priori tampoco me identifiqué tanto, pero ahora siento como una segunda piel. Porque si a mi alrededor el otoño no huele, al menos que yo huela a otoño. 


domingo, 1 de octubre de 2017

Un puñado de cosas bonitas

Con el día tan gris que se nos ha puesto por delante, aquí van un puñado de cosas bonitas:

1.- Un jersey bien gordo que me acompañe cuando llegue el frío.
2.- Pendientes bonitos, vuelvo a sacar a la folclórica que hay en mí.
3.- Elegir motivos para las manualidades otoñales. 

4.- Han vuelto Fonda y Redford, juntos. Están en Netflix pero primero lee el libro de Nosotros en la noche de Kent Haruf, es tan bonito que luego disfrutarás el doble con la película.
5.- Flores hasta en la piel. 
6.- Cualquier foto con pinos y niebla, pocas debilidades tan grandes.
7.- Los domingos son para leer sin mirar al reloj.

8.- Plantas everywhere, eso siempre.
9.- Un bolso espectacular de terciopelo. Por si alguien me lo quiere regalar.
10. Ashley Graham. Esta mujer y su Instagram me tienen abducida.



P.D.: Sobre todas las cosas feas que están pasando hoy, sólo diré que la violencia nunca está justificada, y mucho menos contra la gente que no la está ejerciendo. A partir de ahí, que cada uno piense lo que quiera pero hablar siempre será la solución.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Volviendo a nuestro bar

No fue el primer bar al que empezamos a ir. ¿Tendríamos unos 20 años cuando nos asentamos en aquella esquina con vistas a la calle? Algo así.

Y allí pasaron nuestros viernes y nuestros sábados, con la teoría de para qué íbamos a ir a otro bar si por aquel ya pasaba todo aquel que quisiéramos ver. A veces más apretadas, otras haciéndonos dueñas de la pista, siempre pidiendo las mismas canciones con insistencia. Desde La chica ye ye que bailábamos en círculo alborotándonos el pelo, a cualquiera de aquel magnífico primer disco de Estopa que era la BSO de nuestros viajes por carretera, pasando por la ipurdiko pelotilla de Gozategi al Zorionak de Kaxiano que nos hacía arrejuntarnos al rededor de la cumpleañera estuviéramos donde estuviéramos como si de una llamada a la manada se tratase.

Vivimos las noches de karaoke, pasamos la escoba una vez que la persiana estuviera medio bajada y las luces encendidas y hasta diría que más de un matrimonio se cuajó allí mientras Nauzi (jefe en euskera) nos vigilaba detrás de la barra. Entre aquellas cuatro paredes, éramos las reinas del mundo. 

Empezaron a pasar los años y nuestras visitas fueron espaciándose en el tiempo. Trabajos, niñas, años... parece que llega un punto en el que todo pesa para que se alineen los astros. A veces, por nostalgia, he solido volver con otra gente, miento, he solido llevar a otra gente para ver si llegaba a sentir lo mismo, y no. 


Pero el otro día pasó, Saturno con Neptuno, Urano y Plutón (que al final, el pobre ¿es o no es planeta?). O mejor dicho, tuvimos boda de una de las nuestras y la celebración era demasiado cerca para no sentir la llamada. Durante el día no hablamos demasiado del tema, no fuera que nuestras expectativas no se fueran a cumplir. Además, sinceramente, lo estábamos pasando demasiado bien para acordarnos de ello. 

Una vez bien entrada la noche, después de haber estado un buen rato hablando con una jerezana encantadora sobre política y casi haber terminado en lágrimas emocionadas por lo bonito que era eso de entendernos hablando (con unos gin tonics encima habrá que poner también a aquellos que parecen no saber hacerlo), entré a la discoteca y el padre de la novia me soltó las palabras mágicas: Tus amigas han ido al Belfast

Y allí que me fui, sin poder evitar la sonrisa mientras me adentraba por las calles de la parte vieja. Al llegar, justo me encontré con uno de esos a los que tienes que escuchar por educación, hasta que X asomó la cabeza por la puerta y me gritó un "Maddalen, ¡estamos aquí!" que en cuanto me acerqué se convirtió en un "¿De buena te he librado, eh?". Y así entré, con la sensación de que estar dando la vuelta de la victoria con tocado floral en la cabeza incluido. X contándome que I había llegado soltando un "¡Nauzi! ¡Ponnos todas! ¡Una detrás de otra!" y que al poco ya estaba sonando todo el repertorio de Estopa. Me acerqué a la barra mientras veía que Z también andaba por allí a pedir lo siguiente que intentaría beber cuando Nauzi me soltó un "¿y tú dónde andabas?" "En el Gu..." "Pero qué hacías en el Gu..." y cómo explicarle con el ruido que había que yo tampoco lo tenía muy claro qué hacía sin estar allí, que aquél era mi sitio.

Por un rato, no recuerdo exactamente cuánto fue porque no duró mucho, volvimos a ser las dueñas de nuestro bar. Y aunque no estábamos todas, sentíamos que lo estábamos disfrutando también por las que faltaban, para que estuvieran orgullosas de nosotras. 

Espero que el futuro nos tenga guardado alguna que otra noche como aquella. Tampoco le pido mucho, sólo alguna que otra que llegue de improvisto para grabarse en nuestras memorias. 

Guregatik, nexkak.


P.D.: El post estaba escrito desde hace unos días y justo cuando iba a ver la luz, se ha ido uno de esos grandes hombres que han pasado la vida detrás de la barra haciendo de sus bares templos de peregrinación y alegrando el día a día a todo aquel que entraba. Que sirva este post como homenaje a él y tantos otros. 

domingo, 17 de septiembre de 2017

Reflexiones sobre mi armario

El otro día hice el cambio de armario por la necesidad imperiosa de ver con qué arsenal de ropa con la que cuento para afrontar el frío antes de empezar a planear mis futuras compras. Algunas me llamaron exagerada, me dijeron que aún queda verano. No les quise llamar ilusos pero allá cada cual con sus creencias.

Y yo cada vez creo más en no comprar por comprar, sino en comprar por amor o por necesidad. En llenar el armario de aquellas prendas que me quiten la respiración cuando las vea y me hacen sentir un poco más Diosa cuando me las ponga. En primer lugar estudiar lo que tengo y sus posibilidades, para luego trazar una ruta de futuras adquisiciones.


Sin necesidad de atarme a un Capsule Wardrobe, tener sólo lo que realmente me muero por tener, porque los años me han enseñado que de aquello que me apasionó, no me suelo aburrir. Meter en cajas aquello que no va con la temperatura exterior para que al pasar los meses y vuelva su estación, me haga la misma ilusión del principio. Tener mis colores pero cambiarlos un poco cada temporada para no aburrirme.

Ser exigente y al ver algo que me gusta, pensar por inercia si ya tengo algo parecido y combinaciones varias que le hagan ganar a pulso su privilegiada percha. Perder el tiempo en tiendas online para llegado el momento, hacerme con la mejor opción. Cuidarme, mimarme y perfumarme, tener a mano mi rojo favorito de labios para poder verme siempre resplandeciente. 

En definitiva, tenerlo todo preparado para no saber qué es ese miedo atroz de no tengo nada que ponerme. 

domingo, 10 de septiembre de 2017

El otoño no se me escapa

Creía que había sido cosa mía. Creía que al no haberme cogido vacaciones (me iré cuando los demás ya os hayáis olvidado de ellas), tenía esta sensación de no haber tenido verano. Que aunque durante los meses pasados no me había pesado seguir trabajando, al llegar septiembre tenía una especie de gaupasa anual. Porque septiembre siempre es un chute de energía, un despertar, y a mí me llegaba sin haber desconectado del todo.

Pero parece que no, parece que en Donosti el verano ha sido aquel día del que ya no nos acordamos, un día en el que hizo sol, fuimos a la playa y nos quedamos hasta que vimos atardecer mientras bebíamos unas cervezas. No sé, no lo recuerdo bien. Al menos casi cada noche he podido dormir con la ventana abierta de par en par y eso no me lo quita nadie.

Miro por la ventana y veo rodar la primera hoja seca. Esto ya no tiene vuelta atrás. Hayamos tenido verano o no, toca mirar hacia adelante y encontrarle cierto gusto a esto de que los días sean cada vez más cortos y más oscuros.


Y para que los meses que vienen me cundan más que los tres anteriores, pienso hacer muchas cosas. Pienso perfeccionar mi nueva receta de bizcocho con jengibre y canela, pienso ponerme las pilas con eso del batch cooking y cocinar más y más variado. Pienso empezar Game of Thrones desde el principio, porque lo reconozco, me pasé la primera temporada entera sin saber muy bien quién era quién y por qué no decirlo, echo de menos a Khal Drogo. También tengo pendiente seguir con Six feet under y Parks and recreation, empezar con The Wire y descubrir alguna otra serie tipo Younger, que sin duda ha sido el descubrimiento del verano y me la he ventilado dos veces en menos de un mes. También he vuelto a por Grace & Frankie y no me daba cuenta cuánto las echaba de menos hasta que las he vuelto a tener delante. Pienso leer todo lo que no he leído en verano, porque sí, soy una de esas raras personas que lee mucho más en invierno. Me están esperando Hijos del ancho mundo de Abraham Verguese, Tan fuerte, tan cerca de Jonathan Safran Foer y Detrás del hielo de Marcos Ordoñez entre otros, aunque el 25 de septiembre se parará mi mundo porque publican lo nuevo de Nickolas Butler. Pienso tejer, o hacer punto de cruz, como hacía hace algunos años. También tengo una tela de terciopelo dorado por ahí para confeccionarme un clutch muy al estilo Acne. Me escaparé al campo más a menudo, que este año no se me escapen ni los colores ni los olores. Y cada dos o tres días, mascarilla y acondicionador porque este invierno voy a tener pelazo.

Por ahora ya he cambiado de perfume, porque pocas satisfacciones tan grandes como volver a esos aromas que te abrigan como una bufanda más.

Suena Song for Zula de Phosphorescent, la versión en directo en la iglesia St. Pancras, no sé qué tienen las teclas de ese piano que me mueven por dentro. Sus acordes son el pistoletazo de salida perfecto porque siempre he pensado que esa canción me recordaba a otoño y ahora, ya lo es. Qué sabrá el calendario.

Hazte un bizcocho, enciende una vela, ponte debajo de una manta, coge ese libro que tienes pendiente y disfruta. Que las hojas vayan cayendo ya si eso.


domingo, 30 de julio de 2017

Comprando en julio

Rebajas, esa palabra que tan deseada era hace unos años y que tan poco dice ahora. Puede que mi lista de adquisiciones que venga a continuación indique lo contrario, pero hace ya un tiempo que dejé de volverme loca esperando los días señalados. Atrás quedaron las épocas en los que me hacía con vestidos que tampoco me gustaban tanto en colores que tampoco me favorecían tanto o cuando llenaba el carro de trapos simplemente por el hecho de que tocaba comprar algo. Con lo que me agobia llenar el armario con cosas que no utilizo, creo que he llegado a ese punto en el que compro con cabeza. Toquemos madera para no volver al lado oscuro.

Principalmente, supongo que he aprendido a tener paciencia. En saber justo qué es lo que quiero, pensar en con qué me lo pondría, en si tengo algo parecido en el armario o algo que me sirviera en las mismas ocasiones. Doy tantas vueltas que puede que me termine volviendo loca pero al menos mi bolsillo y mi armario lo agradecerán. Mi modus operandi ha cambiado, quizá gracias a Pinterest, pero ahora compro para cubrir una necesidad, ya sea real o amorosa, pero en mi cabeza sé lo que quiero y lo busco con ahínco hasta encontrar algo que me convenza. 

Este año, estoy especialmente contenta. No voy a decir que hice una lista y que la he seguido a pies juntillas, digamos que identifiqué mis necesidades y que estoy aprendiendo dónde buscar mejor. 

Aquí están:

-Zapatillas blancas: Lo sé, están en todos los lados y justo por eso yo también me di cuenta que era el calzado veraniego que necesitaba porque iba bien con todo mi armario. Aquí donde me veis tan fina, mi pie tiene la anchura del de un hobbit, por lo que he aprendido a ir a Vans de cabeza. Me llegó un vale de Zalando diciendo que me echaban de menos blablabla y lo aproveché para hacerme con unas Vans básicas, blancas y con velcros. Estoy encantada.

-Chanclas: Mucho zueco sueco precioso pero al final termino pasando el verano en chanclas, me ha costado mucho reconocerlo pero así es, soy demasiado comodona. Y ese es el punto donde unas sandalias que antes te parecían feas como las Birkenstock, las terminé probando y son tan cómodas que me enamoré de su belleza interior. El año pasado ya me hice con unas Arizona que no me quité y este año he ido en caza y captura a por el modelo Madrid Eva en blanco. Perfectas para ir a la playa y que de igual que se llenen de arena.

Pero antes de las Birkenstock, el reinado era exclusivamente de las Havaianas y todavía al menos un par tengo que tener. He repetido el modelo gris-plata unas tres veces y como todavía las tengo (aunque tan viejas que me da vergüenza sacarlas a la calle), en Amazon encontré unas salmón-naranja a mitad de precio y me lancé.

-Zapatillas de deporte: Necesitaba renovar mis zapatillas de "hacer deporte" (supongo que no soy la única que es incapaz de ir al gimnasio con las mismas zapatillas que luego utiliza para "vestir"), ya no sé cuantos años tenían y otra vez mirando en Amazon, boom, unas Nike preciosas con un -60% a 40€.


-Jersey de invierno: Llevaba unos días buscando use jersey perfecto de invierno que yo llamo con "estilo nórdico", me había rastreado las rebajas y los outlets de mis tiendas online de cabecera, pero nada. Hasta que ayer, entramos en las rebajas de las Galeries Lafayette a salsear y ahí estaba, con un -70%+-20% por ser ayer. Casi lloro de la emoción. 

Pero quizá lo más gracioso fue cuando el domingo pasado bajé a hacer algunos recados y encontré una de esas tiendas que abren los domingos para los turistas. Entré y encontré (por fin) el cárdigan mostaza que llevo buscando ya no sé ni cuantos años. Cosas del destino.

-Parka de invierno: Porque haciendo honor a la verdad, fue la parka la que casi me hizo llorar de la emoción en Lafayette. Una preciosa para gordita, de un tono ocre que me hará salir del verde militar de siempre. Y sí, con el mismo descuento que el jersey, en un precio de risa. 


Compras pendientes que seguiré buscando con paciencia por si suena la flauta:

-Reloj: Porque tengo dos y ninguno de los dos me convence ahora mismo, al final voy sin nada, cosa que me da mucha pena porque siempre he sido muy de llevar reloj.

-Clutch dorado: Fui de las que sucumbió a aquel clutch tipo neceser que sacó Zara hace unos ¿ocho años?. Lo he utilizado, me ha encantado sacarlo de paseo aún cuando las masas dejaron de hacerlo, siempre que el día necesitara algo de brillantina. Pero ahora el pobre está ya perdiendo lentejuelas por el camino intentando imitar a Pulgarcito, por lo que va siendo hora de buscarle sustituto. Si no aparece nada, amenazo con comprar un retal de terciopelo dorado e intentar hacerme esa maravilla que sacó Acne Studios hace unos años.


Y así, ni vestidos, ni faldas, ni bolsos (ya tengo el más bonito de todos o sea que para qué), ni camisetas... aunque si encuentro alguna camiseta marinera de manga larga no respondo. 

Un abrazo,
Maddalen

domingo, 23 de julio de 2017

I like mondays in Dragonstone

Ayer estaba en la tienda trabajando y en el Descubrimiento semanal de Spotify sonó el tema I don't like Mondays cantada por Tori Amos. Y me acordé de cuando la cantaba Bob Geldof como artista invitado en un disco que escuché mucho en mi juventud. Creo que era un recopilatorio de Bon Jovi.

Tell me why, I don't like mondays... A veces en un segundo, un par de acordes son más que suficientes para viajar en el tiempo.

Por un momento me puse a pensar en lo identificada que me sentía entonces con la letra (lo poco en llegaba a entender) y la suerte de que tengo ahora que los lunes no me molesten. Sí, ya estoy otra vez con el asunto de cómo me gusta mi trabajo, bla-bla-bla... Pero es que estas siete semanas voy a tener un plus. Seguro que ya sabéis por donde voy.

Así es, el pasado 17 de julio a las 03:00 hora española se estrenó la nueva temporada de Game of Thrones en HBO, esa que ha encumbrado la costa gipuzkoana como la tierra prometida. Después de algo más de un año, por fin ha llegado el invierno y el desenlace de esta trama de poder con ciertos tintes de culebrón venezolano, se está acercando. ¿Qué nervios, eh? Seguro que no soy la única que se le pone la piel de gallina sólo que escuchar la música inicial. Fui de las que empezaron a ver aquel lío de nombres justo cuando empezó. Aquí escribí sobre ese árbol genealógico que me salvó la primera temporada. Porque ahora ya todos son como de la cuadrilla de toda la vida, pero al principio era como cuando te toca una familia política interminable.


En casa ahora somos tres las locas de la serie y estos meses de espera los hemos sufrido en compañía. Eso sí, luego cada una a ver el capítulo cuanto antes por su cuenta, que aquí no hay amistad digna de atrasar el visionado. La temporada pasada, cuando coincidíamos en el timing, era gracioso vernos a cada una meterse en su habitación, sincronizarnos e ir comentándolo por WhatsApp. Las tecnologías nos están llevando demasiado lejos.

El domingo pasado, nerviosa ya a esta hora de la tarde, de repente me acordé que tengo HBO, ergo podía verlo cuando quisiera una vez pasadas las 03:00 horas. Sí, me planteé despertarme a esa hora pero estoy en una edad en la que empiezo a tenerle miedo al insomnio por lo que deseché la idea no sea que luego no pudiera volver a dormirme de la emoción. Pero lo que sí decidí fue adelantar mi despertador para ver el capítulo antes de ir a trabajar. Y aunque no me levanté en mitad de la noche, sentí la misma emoción que cuando una vez de pequeña, en casa nos despertamos todos en plena madrugada para ir al monte a ver las Perseidas. 

Así que mañana, otra vez, adelantaré mi hora de despertarme y disfrutaré del segundo capítulo. Después, emocionada y muy arriba, me levantaré, desayunaré e iré a trabajar con unos andares dignos de la madre de dragones. Porque si antes me costaba dormirme una vez terminado el capítulo, ahora voy a tener todo el día por delante para regodearme en mi emoción.

Maddalen


P.D.: En Hunky Dory nos lo hemos pasado bomba asignando perfume a los protagonistas de serie.

domingo, 16 de julio de 2017

La locura del bolso (parte II)

Os juro que pensaba que nunca lo iba a tener. El post anterior sobre el bolso lo hice medio en broma y la gracia se me fue de las manos, hasta de la radio me llamaron para saber qué tenía ese bolso para quitarme el sueño. No me quita el sueño, dije, dejémoslo en que sueño con él.

Aquel post fue una manera de despedirme de la obsesión, verbalizarlo para afrontarlo, y poco a poco me fui haciendo a la idea. Hasta que un día tonto cualquiera, me metí en la tienda online de marca y ahí estaba, fuera de stock. Adiós, ya para siempre, olvídate de mí. Y no pases 19 días y 500 noches que nos conocemos.

Pero no me resistí, quise dar una última vuelta sin esperanza por Google, como si de un funeral digno se tratase, con toda mi pena en ebullición. Pero allí, en esa segunda página del buscador donde dicen puedes esconder un cadáver, estaba mi bolso. Realmente lo que estaba era una tienda online de una cadena de zapaterías parisina de la que nunca había oído hablar. Desconfianzas por delante, ahí estaba, disponible, esperando a que yo hiciera un par de clicks. Con un nerviosismo creciente, di un paseo por París gracias al street view: las zapaterías estaban donde decían estar y los escaparates no tenían mala pinta. Por último, llamé a ese amigo que sabía que me diría algo así como "te lo tienes que comprar" y me lancé.

Lo cierto es que seguía sin creérmelo. Me repasé el seguro de Paypal y su política del pago a 20 días para estar preparada por si no volvía a saber nada de las zapaterías parisinas. Me metí otra vez, para verificar que realmente estaba ahí, en pedido procesados, pendiente de envío, y cuando quise admirar una vez más la ansiada adquisición, me encontré con un viejo amigo, el cartel de Sold Out, aquí también había llegado pero esta vez yo había sido más rápida.

Y llegó, al segundo día laborable ya estaba el repartidor entrando por la puerta de Hunky Dory con mi paquete en la mano, envuelto en la reconocible cinta de embalar de Venise Collection (que desde ahora son mis zapaterías favoritas de París y totalmente recomendable el servicio de venta online que tienen). Firmé, esperé a que se fuera el repartidor, abrí y ahí estaba. Palpé, maravilloso cuero. Bien. Olfateé, maravilloso olor a cuero. Más que bien. Era perfecto, mejor aún de lo que había imaginado.

Y así llevo, casi dos semanas. Admirándolo con el fervor de Gollum por el anillo.

 @wayaiu me retó a enseñar lo que llevo en el bolso

El otro día, una amiga me decía que no entendía lo mío con los bolsos, que no le entraba en la cabeza tanta pasión. Decía, que a ella le gustaban los vestidos, porque con ellos se podía ver más guapa, pero que un bolso no tenía ese poder. ¿Por qué entonces volverse loca por uno en concreto?

Tampoco supe muy bien qué responder, sonreí y no sé si pude disimular la cara de esto lo entiendes o no, y si no lo haces, poco puedo hacer por ti. Creo que le dije algo como que al igual que hay gente que colecciona arte o les gustan las joyas, a mí me gustan los bolsos. Supongo que será esa mezcla de practicidad y belleza, no sé, tampoco entiendo muy bien mi pasión por los aguacates y ahí está.

Cuando me llamaron por la radio, me preguntaron cuántos bolsos tengo, no sé si pensaban que respondería que tengo una habitación entera de ellos o qué. Tampoco tengo tantos, pero me gusta que los que me compro me apasionen. Me gusta desearlos de antemano, anhelarlos, planificar su compra como si de un día señalado se tratase o la emoción de decidirlo a lo loco. Luego, a veces, hasta los dejo colgados de la pared, a la vista, para admirarlos hasta cuando no los tengo entre las manos.

Dicen que los heroinómanos siguen pinchándose queriendo repetir aquel primer subidón que los atrapó para siempre. Lo mío fue algo parecido, con la suerte de que se ha vuelto a repetir varias veces y ahora que lo pienso, puede que sea la razón de lo mío con los bolsos. Tenía yo 25 años cuando nuestra madre nos dio a mi hermana y a mí una paga extra para comprar algo que nos gustara en las rebajas. El dinero daba para unos un par de vestidos en Zara, una sudadera y dos camisetas en H&M, un abrigo en Mango y hasta un par de bailarinas en Blanco. Pero en cambio, me gasté todo el dinero en un único bolso. Negro, clásico y de cuero. Fue al tocar (¿suena demasiado pervertido si digo acariciar?), al oler y al admirar aquel bolso cuando supe que mis días en Misako habían llegado a su fin.

Desde entonces ha habido varios, de todos los tamaños y colores, y hasta tengo la manía de no repetir marca (menos los de Zubi que tengo cuatro). Y lo mejor de todo, es que cuando los utilizo, vuelvo a sentir aquel primer subidón que se ha vuelto mi adrenalina particular.

¿Si le cuento todo esto a mi amiga lo entenderá?

Por lo que sí. Estoy encantada con mi nuevo bolso, ese que tanto me costó encontrar, que se volvió una obsesión y que aún no me creo del todo que esté en mi armario. Con todas las cosas que uno no puede conseguir en este vida, está bien que de vez en cuando puedas hacerte con alguna, por muy descabellada que parezca, y disfrutarla, mucho.

Maddalen

domingo, 9 de julio de 2017

Hace dos años ya

El otro día, estaba en la tienda, y llegó un sobre enorme desde Francia lleno de información y muestras de una casa de perfumes. En seguida reconocí la pegatina que tenía fuera e identifiqué la marca, porque cuando escribía El Tocador de Dorothy, ya hablé varias veces sobre ella. Tenía una historia curiosa, unas inspiraciones muy bonitas, de esas que me atrajeron como la miel. Con el tiempo probé sus perfumes, hasta tuve algún frasco que terminé regalando porque no era para mí. Y cuando el otro día llegaron esas muestras sin nosotras pedirlas, sólo porque la creadora de la marca estaría encantada de que su marca estuviera presente en Hunky Dory. Justo ese momento, fue uno de esos pequeños momentos en el que me di cuenta de todo lo que hemos hecho y me emocioné.

Lo cierto es que no sé si creo en el destino. Para mí ese significado de estar destinado a algo, carece de la connotación mágica de todo está escrito, me parece más amoldable, más trabajable por uno mismo. Como si el destino fuera la consecuencia de los actos, como si no te pudieras librar de él no porque un ente poderoso te está empujando a ello, sino porque te lo has ganado a pulso. Para lo bueno y para lo mano. Y por esta teoría, lo de montar nuestra propia tienda, dejando la modestia de lado, era nuestro destino.

Una vez, antes de todo esto, bueno después de mi afición por los perfumes, después del blog, después del frikismo extremo pero antes de la tienda (siendo exactos, una semana antes de que la chispa de la idea de la tienda), le conté a mi hermana que iba a empezar a preparar unas oposiciones. Ella, nueve años menor que yo y que emana sabiduría por los poros por mucho que luego lo disimule muy bien preguntándote veinte veces cuánto tiempo hay que tener cociendo los macarrones (¿y las patatas? ¿y las vainas? ¡y ay, he perdido las llaves por centésima vigésima tercera vez!), me dijo que no, que no podía, que lo mío con los perfumes era demasiado especial para no dedicarme a ello. Y yo me quedé cortocircuitada entre pero esta niña qué dice y ¿y si tiene razón?

Por suerte, como he dicho, una semana más tarde el destino nos puso sobre la palestra la posibilidad de hacer este proyecto y nosotras avispadas que somos un rato, la cogimos al vuelo, sorprendidas en darnos cuenta la ilusión que nos hacía. No sé cuántas veces habré contado ya la misma historia, al no tener descendientes, a alguien le tengo que contar cómo la tita Eva y yo decidimos saltar al vacío y montar nuestra propia perfumería.

Regalos que emocionan por nuestro segundo aniversario.

Y desde entonces, dos años ya. Dos años en esta esquina con vistas al mar, cada vez más asentadas y con el truco cogido por qué lado hay que venir cuando sopla el norte como si no fuera a haber un mañana. Dos años entre olores, eligiendo marcas, descartando otras y disfrutando mucho de lo que tenemos en la estantería. Dos años vendiendo maneras de mimarse uno mismo, no es mal trabajo. Dos años con el orgullo de que será de las pocas perfumerías donde suenan los Creedence, Belako, Ella Fitzgerald y por supuesto, Bowie. Dos años viniendo contentas a trabajar, viendo crecer día a día a esta niña bonita que creamos de la nada. Dos años que tenemos el lujo, el placer, el privilegio de trabajar en lo que nos gusta.

Por lo que si os apetecen unos mimos perfumados, la tita Eva y yo os esperamos en Hunky Dory Laboratory.

Brindemos por muchos años más.


Maddalen

domingo, 25 de junio de 2017

La ventana y el mosquito

Cuando empieza a llegar el calor, me encanta dormir con la ventana de mi habitación abierta de par de par en par. Creo que es lo que más me gusta de todo el verano, ese momento antes de dormirme, cuando la brisa nocturna me acaricia la cara, tener esa sensación de profunda intimidad al aire libre. Desde que me vine a vivir a esta casa además, la ventana está justo encima de la cabeza, tanto que si levanto el brazo, puedo sacarlo fuera. Otro placer que se le añade, es que nuestra vasa da al patio de la manzana, por lo que a pesar de vivir en el centro de la ciudad, es realmente silencioso. Pocos ruidos me molestan a parte de alguna gaviota afónica que se empeña en darme los buenos días en cuanto se atisba un poco de luz a la mañana.
Hay noches, sobre todo por estas fechas, que hacia las 23:30 la luna aparece de pleno en mi campo visual. Esos días, me da hasta pena ponerme a leer, ver alguna serie o simplemente cerrar los ojos por mucho que el espectáculo suceda cada noche. 

Con esto días de tanto calor, me he pasado las 24h del día esperando ese momento de hacía las 05:00 en donde me despierto sintiendo algo de "frío". En ese momento, sin apenas moverme de la cama, cierro la ventana y bajo la persiana para poder disfrutar de alguna hora más de sueño. 



El otro día, no sé si fue el martes o el miércoles, al rato de cerrar la ventana, me desperté otra vez con un mosquito susurrándome cariños al oído. Intenté ignorarle, valoro demasiado mi sueño para desvelarme por un ser tan diminuto, pero aunque me cubrí hasta la cabeza con la sábana, ahí seguía insistiendo. Di unas palmadas al aire, quien sabe, puede que a estas alturas descubra que tengo algún superpoder, cambié de postura, pero al final desistí al darme cuenta que ya casi era la hora de levantarme. 

En la cocina, preparando el desayuno, coincidí con mi alicantina favorita, esa que vive en mi mismo pasillo, dos puertas más adelante, y le solté algo como "un puñetero mosquito me ha despertado pitándome al oído". A lo que ella contestó: Por eso yo duermo con la ventana cerrada. Y medio dormida que estaba, pensé, será que tengo que hacer eso. 

Apenas fueron unos microsegundos, pero una parte de mi ser estaba dispuesta a renunciar a una de las cosas que más le gusta en este mundo porque un mosquito le había molestado digamos que durante ¿20? minutos. De ¿30? días que llevaba durmiendo con la ventana de par en par, en uno, algo me había molestado durante el 4% de la noche, lo que hacía un 0.14% de mis noches disfrutando de dormir con la ventana abierta. 

Hace ya un tiempo que decidí que no quiero ser esa clase de persona que se pierde algo por un 0.14%.


Maddalen

domingo, 18 de junio de 2017

Darcy, siempre Darcy

Hace unas semanas iba haciendo tiempo por el Fnac y mis ojos se encontraron con un slogan que era carnaza para mí: “Cuando ‘Orgullo y Prejuicio’ se junta con ‘Sexo en Nueva York’”. Ya me tenían atrapada. El libro en cuestión se llamaba Sin Compromiso y era una versión del siglo XXI de la icónica novela de Jane Austen. La contraportada prometía: Lizzy y Jane, la primera periodista y la segunda instructora de yoga, vuelven a su Cincinnati natal porque han operado a su padre, Mary está con su tercer máster, y Kitty y Lydia están enganchadas al crossfit y a la paleodieta. Por ahí aparecían también Bingley y Darcy, médicos muy amigos desde la facultad que trabajaban en un hospital con el padre de Charlotte Lucas. El planteamiento me hacía mucha gracia. No sabía si la escritora, Curtis Sittenfield, me parecía lo peor por ir a lo fácil para escribir un libro, o si me parecía una valiente por atreverse a ello.

Como tengo una pila de libros en mi espera, me resistí a comprarlo pero quedó merodeando en mi cabeza. Sólo tardé un par de horas, en un ratillo libre que tuve en la tienda, en meterme en la web de la biblioteca y buscar sin mucha esperanza. Pero ojo, ahí me sorprendieron, no sólo la tenían sino que estaba disponible. La encargué, junto con un libro de David Foster Wallace para compensar.

Me ventilé las alrededor de 500 páginas en apenas unos días. Unas partes se me hicieron muy agradables, incluso divertidas. Otras en cambio, no había por dónde cogerlas, sobre todo la parte final como bien me vaticinó Lara. Pero por mucha sensación de “esto yo lo hubiera escrito mejor” que tuve, lo cierto es que lo disfruté, mucho. Disfruté como lo hice con Lost in Austen, con la bollywoodiense Bodas y Prejuicios o como lo hago cada vez que veo Bridget Jones. Por no hablar de la magnífica adaptación que hizo Joe Wright (lo siento BBC, es mi preferida, podría hacer un post entero desmenuzando cada preciosa escena y cada rayo de luz, porque qué luz). Ahí estábamos el día del estreno y creo que voy por el segundo DVD, el primero se me rayó de tanto usarlo.


Pensándolo bien, puede que sea la novela más universalmente adorada. Y la clave está clara: Jane Austen fue capaz de idear a Mr. Darcy y la tensión sexual con Elizabeth. Podemos seguir echándole la culpa a Disney, pero nadie más nos ha hecho fantasear con el hombre ideal que Austen. Ella es la culpable de que si un tío no nos hace caso, nosotras pensemos eso de “ya pero en el fondo le gusto”, y seguro que una tarde de lluvia de estos, aparecerá en mi portal y me dirá que aunque hay ciertos aspectos ridículos en mí, no puede dejar de sentir un amor infinito. ¿Y esa química que destila con Lizzy? Austen fue una genia, ni Richard Gere y Julia Roberts.


Y así seguimos, más de 200 años después, suspirando cada vez que escuchamos el nombre de Fitzwillian. Ya puede tener la cara de Colin Firth, de Matthew MacFadyen o ese que últimamente ha salido en Anatomía de Grey. Austen creó la mayor carnaza posible para cualquiera que tenga un ápice de romanticismo en su interior. Por eso, claro que disfruté leyendo ‘Sin Compromiso’, salía Darcy y a cada página estuve ojo avizor para enamorarme de cada gesto que hacía. 

Aunque os voy a decir más, ojalá las que nos vengan por detrás también sigan suspirando por personajes como Darcy o Mr. Rochester, y no por tontodelculos como Grey. De hecho, puede que parte de mi aportación a la sociedad sea regalarle un pack de Orgullo y Prejuicio y Jane Eyre a cada adolescente ávida de romance que me cruce. 

Por cierto, no les privéis de Disney a vuestros descendientes. Si son un poco avispados, La Cenicienta les enseñará que en esta vida llegas lejos siendo amable y paciente, en El Rey León verán que los amigos más variopintos son muchas veces los que no te dejan de lado, Merlín El Encantador les mostrará que muchas veces, la inteligencia gana cualquier batalla y con La Sirenita... con La Sirenita no sacarán nada en claro pero las canciones y la gaviota son lo más. Ah, y Mulán, Mulán se la tienen que aprender de memoria. 



Maddalen

domingo, 11 de junio de 2017

Obsesión

3 meses. Ese es el tiempo que llevo suspirando por un bolso. Uno en concreto, que por lo que dice la tienda online no se encuentra disponible en el almacén. Durante 3 meses, me he metido cada día en la web de la marca, a veces incluso varias veces al día, porque sinceramente, por mucho que haya apuntado mi email para que me avisen cuando vuelva a estar disponible, no me fío. Y dirás, es que igual no vuelve. Pues se supone que sí, porque en la misma página aparecen otros modelos con el cartel de "out of stock" pero este no lo tiene, pone que no está disponible. Y no, no voy a decir cuál es el bolso, porque si te gusta, igual tú vas a ser más rápida que yo y en cuanto vuelva, hacerte con él y dejarme a mí sin ese preciado botín. Esas cosas pasan y no quiero odiarte.

Pero no siempre mi amor ha sido obsesión. En cuando tuve el flechazo, decidí que esperaría hasta mi cumpleaños para hacerme con él, por aquel entonces faltaban unas seis semanas. Mientras tanto, fui enseñando su foto a todos mis amigos y familiares, y aunque alguna opinión discordante hubo, en general la aceptación fue muy buena. Tanto que hasta mi hermana preguntó en una comida, “¿Por qué las cosas que yo quiero comprar nunca os gustan y las de Maddalen siempre sí?” Ay amiga, a ti te habrán sacado en el street style del Primavera pero yo tengo style.

Otro de mis amores de ayer y de hoy, por ahora, inalcanzable Fuente

Aguanté dos semanas predicando mi amor a los cuatro vientos, hasta que decidí que el 24 de abril era una fecha demasiado lejana. Ya no aguantaba más. Tenía que aprovechar que por tercera vez en la historia, mi amor por un bolso se podía llevar a cabo aunque fuera con cierto apretón económico. Todo pintaba bonito, ya me veía paseando con él por las calles de Donosti. Pero no. Me metí en la página y en rojo aparecía la siniestra frase de “no está disponible en el almacén”. Corrí a Zalando, pero ya estaba agotado. Busqué tiendas varias por internet y nada, sólo una sospecha web que la ofrecía por una décima parte de su precio. Pensé en jugármela, pero creo que los años me están convirtiendo en una persona honrada. Hasta cuando fui a Madrid introduje El Corte Inglés de Serrano en mi itinerario y me acerqué a la dependienta con la foto como si de un perrito perdido se tratase. “En ese color no.”. Seguro que vio la desesperación en mis ojos y llamó al de la Castellana, pero por allí tampoco habían visto nada. “Si quieres te cojo el teléfono y te llamo si aparece algún día.” “No, déjalo, no soy de aquí.”. Ya me estoy arrepintiendo. Me tenía que haber agarrado a ese clavo ardiendo.

Y así sigo, en el muelle de San Blas, como con Fassbender en cada Zinemaldi (a él nunca le confesaré que le hago ojitos a Idris Elba).

¿Podría comprarme otro bolso? Sí, claro que podría, pero no sería lo mismo. Llegados a este punto, tengo serias dudas de que algún día lo tenga en mi vida pero la esperanza es lo último que se pierde. Con un poco de suerte, el tiempo apagará mi amor y si no, confirmaremos que tengo un toque desequilibrado. Podéis empezar a recitarme ese famoso poema que decía:

“Son las 5 en la mañana,

y yo no he dormido nada…”


Mad-dalen

domingo, 5 de marzo de 2017

Caprichos de primavera

1.- Yo también he sucumbido ante los cuadros vichy. Me he probado alguna que otra copia de aquella minifalda que sacó Zara el año pasado verano pero no son para mí, por eso habrá que buscar otras opciones.
2.- Empieza una nueva temporada de atardeceres para grabarlos en la memoria.
3.- Son de Ulla Johnson y me han robado el corazón. Su precio es bastante prohibitivo pero como no se me pase la locura, me veo pasando el cepillo en cumpleaños. 
4.- Propósito primaveral: Aprender a llevar pañuelos en la cabeza con dignidad y algo de estilo.
5.- Y sigo buscando el ansiado bolso negro perfecto, porque si las sandalias de Ulla Johnson eran factibles con cierto esfuerzo económico, el Classic Box de Céline es un amor totalmente imposible (por ahora.)
6.-Las chicas listas leen libros. Ese precioso póster que miraba con cariño cada vez que visitaba la librería Garoa de Donostia, está ahora en mi habitación. El día de su cierre, fue una bonita manera de llevarme un recuerdo físico de todo lo que nos ha acontecido allí.
7.- Sudadera + cazadora. Después de una semana en Canarias, mi ansia primaveral está más florecida que nunca y este binomio puede ser perfecto para una transición más llevadera.

¡Nos leemos!

domingo, 5 de febrero de 2017

Mi batalla perfumada contra los Goya

Me gusta el cine. Me maravilla. Pocas cosas me han hecho tanta ilusión en mi vida que cuando mi padre me dijo que me dejaba ya hacerme socia del videoclub.

Me gustan las galas en los que se premia el cine. Me gustan los vestidos, las quinielas, llorar con los discursos y sobre todo me gusta que sirvan para que a la gente le pique la curiosidad y quiera vez más cine.

La piratería es una putada fastidio. Es injusto que algunos disfrutemos del trabajo de otros gratis. Pero también creo que la industria no ha espabilado lo suficiente o no ha querido, porque muchas veces lo fácil es hacer un barco de Chanquete y no querer comerse la cabeza para evolucionar y buscar nuevas vías. Hace años que podrían estar funcionando videoclubs digitales de una manera más masiva (porque sé que los hay y que los había, pero ha tenido que venir Netflix para que todos sean facilidades para el usuario, porque podría escribir sobre lo que me parece que Filmin me haga pagar una cuota mensual y que luego tenga que pagar más por cada película que quiero ver pero este post no va sobre eso) y se eligió el camino de desprestigiar al consumidor y de llamarlo delincuente mientras las entradas del cine no hacían más que subir.

Culpa del Gobierno, lo sé.


Hace un par de años, me empezó a hervir la sangre cuando en la gala de los Goya, a Antonio Resines, en su discurso como presidente de la Academia, se le llenó la boca criticando la piratería (en pleno 2015 seguíamos en el barco de Chanquete) mientras su principal patrocinador era una empresa de perfumes de imitación. Para que se entienda bien: una empresa que coge el trabajo artístico de otra, la copia y la vende a un precio mucho más barato. No gratis, pero casi. Y mira que yo no soy muy de perfumes comerciales pero eso no se hace.

En 2016 el patrocinio continuó y en este 2017, aunque la empresa imitadora esté condenada por plagio, aunque haya habido grandes marcas que se han desvinculado de la gala ejerciendo así cierta presión social, la marca de perfumes de imitación ha seguido siendo la principal patrocinadora de la gala de los premios de la Academia de Cine.

Y a mí, me sigue sin entrar en la cabeza cómo una institución que ha hecho de los derechos de autor su mayor guerra, pueda hacer algo así. Sólo me queda pensar que aquí arte sólo nos parece lo nuestro, que lo del vecino no es creatividad, que ahí no hay horas de trabajo ni sueldos que pagar.

Cosas que le pasan a una por la cabeza al tener una perfumería.

En fin, que aquí cierro esta batalla, como decía el otro día mi querida Blanca en Twitter. Espero, que en 2018 ya no haya esta guerra y que mi conciencia me dejé tranquilamente comentar vestidos y ganadores.

Por cierto, cómo iba de guapa la Dolera y qué ilusión me hizo todo lo que se llevó Raúl Arévalo.

Nos leemos.

domingo, 15 de enero de 2017

El vestido para primavera

Apenas me he pasado por las rebajas, el dinero para ello se me ha ido en ingredientes saludables para mi cuerpo porque de la noche a la mañana decidí que ya tengo edad para empezar a cuidarme a fondo. Aunque no voy a mentir y he ido visitando de reojo las tiendas online a ver si encontraba algún chollo y también me hice con un par de vestidos en esas rebajas tempranas de Asos (que reconozcámoslo aunque duela, ya no es lo que era).

Lo cierto es que hace ya tiempo que pienso muy bien lo que quiero, lo busco a conciencia y si no lo encuentro pues me fastidio. Me he pasado el otoño-invierno buscando mi vestido de terciopelo perfecto y nada, por lo que ahora voy a ir más allá y para primavera lo quiero bordado.


Un vestido bordado bonito, pero bonito de verdad.


martes, 10 de enero de 2017

TOP10 de las lecturas del 2016

Tarde pero seguro, ¿eso se dice, no? Pues aquí estoy, una vez pasada la vorágine navideña que conlleva tener una perfumería, decidida a hacer recuento de las lecturas realizadas en el año que finalizamos hace unos días. Contándolas, no han sido tantas, pero echando la vista atrás, lo cierto es que las mayoría las disfruté muchísimo.

Para este año, me he propuesto no acumular tanto, no estresarme y disfrutar de cada lectura sin estar pensando en la siguiente. Un step by step literario que me suena algo utópico. Para empezar, estas Navidades ya me he hecho con un alijo de unos siete libros nuevos. Os diría que no me recomendéis ninguno más porque voy servida hasta verano por lo menos, pero qué demonios, recomendad que a nadie le amarga un dulce.

Los del 2017 ya los iré apuntando en la lista de la derecha pero hoy, hemos venido a hablar de los libros del 2016, que han estado muy bien. Aquí van en orden inverso de preferencia:


10.-Tú no eres como otras madres de Angelika Schrobsdorff

Regalo de mi querida Ruth (hemos empezado una bonita costumbre de regalarnos un libro y una botella de vino por cumpleaños), quizá sea uno de los libros de los que más se ha hablado este año. Lo cierto es que a mí su lectura de la historia de esta madre tan atípica y rompedora se me atragantó un poco, empecé muy bien pero luego se me hizo algo largo. Pero el un librazo que bien merece la pena, por lo que suyo es 10 puesto.


9.-Asamblea ordinaria de Julio Fajardo Herrero

Sorpresa, sorpresa y piano, piano. Lo del libro de Fajardo Herrero fue justo lo contrario, como libro del club de lectura de noviembre, empecé sin saber nada de él y la sorpresa fue maravillosa. Una prosa lúcida como pocas que desgrana la cotidianidad de la crisis en nuestra sociedad, tan sencillo y tan difícil a la vez. Tan triste y tan bonito.


8.-Los Interesantes de Meg Wolitzer

Lo encontré pululando por Instagram y su portada me llamó la atención. Empecé a leerlo y justo el día que lo iba a dejar, me atraparon por completo las vidas de ese grupo de adolescentes que en un campamento de verano deciden autodenominarse Los Interesantes. A partir de ahí, la vida desplegando todas sus versiones.


7. -Departamento de especulaciones de Jenny Offill

De él dije justo al acabarlo que sería el libro que a mí me hubiera gustado escribir. Ahí lo dejo por si a alguien le pica la curiosidad.


6.-El amor dura tres años de Frédéric Beigbeder

Para los que somos algo escépticos con la durabilidad del amor (es cuestión de estadística), el libro de Beigdeber es un cuento de hadas con párrafos dignos de enmarcar. Es maravillosamente corto y fácilmente disfrutable.


5. -Rayuela de Julio Cortázar

Alguna fan se estará echando las manos a la cabeza al ver que hay 4 libros que me han gustado más que Rayuela. Sí, mea culpa. Pero es que como pasa con muchos clásicos, no tuve factor sorpresa. Rayuela es precioso, me encantó leerlo (por fin) y seguramente, si alguna vez me lanzo a releerlo, lo disfrutaré aún más.


4.-La Hondonada de Jhumpa Lahiri

Tampoco había factor sorpresa con Jhumpa Lahiri, o quizá sí. Su Tierra desacostumbrada había dejado el listón muy alto pero La Hondonada lo saltó con facilidad. Una novela larga, perfectamente hilada, donde las emociones están a flor de piel sin caer en la sensiblería y además cuenta una realidad tan lejana y tan cercana a la vez. Eso tan complejo que le llaman ahora identidad.


3.-Cuatro amigos de David Trueba

No sé cómo he tardado tanto en volver a leer a Trueba. Supongo que será porque Saber Perder me gustó tanto, que quería alargar el placer de saber que tenía Cuatro amigos esperándome. Puede que fuera porque estaba de vacaciones, pero meterme en aquella historia de lleno durante dos días y poder leer parando sólo cuando me apetecía, fue una de esas experiencias religiosas que te regalan los libros.


2.-El bar de las grandes esperanzas de JR Moheringer

Y Moheringer llegó a nuestras vidas para adorarlo. Yo he ido en orden inverso, primero fue El bar de las grandes esperanzas (cuando en Semana Santa todo el mundo se había ido de vacaciones y salí 5 minutos antes de Hunky Dory para escaparme a mi librería de cabecera y hacerme con él) y luego el Open de Agassi. Ahora tengo esperándome en mi estantería de pendientes el último que han publicado, que no recuerdo el título, pero como con Trueba, lo estoy guardando hasta el momento oportuno.

Qué decir del bar de Moheringer, que hacía mucho que no recomendaba tanto un libro (desde Canciones de amor a quemarropa seguramente, otra obsesión muy loca que tuve y tengo aún), que simplemente es precioso y que habría que escribir más sobre la vida, así, sin que pase nada especial.


1.-Americanah de Chimamanda Ngozi Adiche

Americanah me hizo llorar en un autobús lleno de gente en un trayecto muy corto en el que si hubiera sido otro libro, no lo había sacado. Pero éste era tan especial que anduve con sus 600 páginas a cuestas y aprovechando cada momento para leer alguna página. Y así me pilló el momento cumbre, en un desplazamiento de cinco minutos y con un par de lágrimas bajando por mis mejillas. Aquella emoción que me hizo sentir, bien merece este primer puesto. Supongo que sobra decir que os recomiendo plenamente su lectura.



Y llegados a este punto, me voy a leer. ¡Las lecturas del 2017 me esperan!


No sé cuándo, pero volveré.