domingo, 11 de febrero de 2018

Un tocador para el futuro

Comparto piso con dos chicas maravillosas que han sido mi anclaje en los últimos dos años y medio, justo cuando más lo necesitaba. Con ellas he hecho del desayuno del domingo un ritual, de las sesiones de cine un juego de azar y del sofá de casa el mejor bar para echarnos unas risas. 

Nuestra casa está bien, vivimos en una ubicación inmejorable, uno en el que nunca pensé que llegaría a vivir, somos limpias, silenciosas y llevamos a fuego eso de vive y deja vivir. 

Los días de verano duermo con la ventana que hay encima de mi cama abierta de par en par mientras la brisa nocturna acaricia mi cara y hacia las 23:00h, se ve la luna desde ella. Cuando llueve, el repiqueteo en el patio me relaja y apenas se oyen coches aún viviendo en el centro de la ciudad. 

Pero sabemos que nuestra idílica convivencia no será para siempre, que nuestras vidas no estarán sincronizadas de por vida (hasta tenemos a un Yoko en Boston). Y con lo bien que he vivido, le tengo ciento pánico escénico al día en que todo esto se acabe. Quizá poniéndolo en palabras se vaya evaporando poco a poco.

Pero a todo hay que buscarle su lado positivo y quizá mi futura habitación o futura casa sea más grande que el espacio propio que tengo ahora. Quizá, por fin pueda empezar seriamente a coleccionar ejemplares de Jane Eyre y dedicarles una balda entera. Quizá, esa futura casa tendrá un balcón donde poner muchos geranios y alguna que otra hortaliza. Puede, que también haya espacio para recuperar del garaje el antiguo tocadiscos de la casa de mis padres y traerme los viejos vinilos de Leonard Cohen y los Beatles

Pero si hoy he empezado a escribir sobre esto es por este tocador que ha aparecido ante mis ojos que ahora necesito tener en algún rincón de la casa. Y claro, ahora mismo no tengo sitio.



miércoles, 31 de enero de 2018

Por lo menos hasta el viernes

Un día, después de un partido Real Sociedad-Real Madrid en Anoeta, mientras desayunábamos con vistas al mar disfrutando del sol que le había  regalado a su visita, nuestro querido Javier Aznar me preguntaba cómo era posible que con el resultado que lucía el marcador (¿era un un 0-4?) la grada hubiera terminado el partido coreando a su equipo como en la mayor de las victorias. Por mi parte le contesté que era lo único que nos quedaba, el amor por unos colores. En el verde, vistiendo la camiseta del equipo contrario, estaban Xabi Alonso y Asier Illarramendi y aquellos cánticos eran la única manera que tenían los aficionados de enseñarles que había algo que el dinero no podía pagar y que aunque sólo fuera ese pequeño detalle, se lo estaban perdiendo en su gran aventura. 

En este asunto del fútbol donde todo se ha vuelto tan tangible, a los últimos románticos que quedamos nos sigue haciendo ilusión esa chispas de magia y de respeto. Soy esa tonta que se emociona cada vez que Griezmann no celebra un gol que nos marca.

Una de esas sillas, la mía. 


Sin embargo, el fútbol, sus clubes y sus jugadores, se encargan bien de recordarnos que ese romanticismo está agonizando, nos dan una cachetada en la cara a modo de advertencia de “eh, ese deporte por el que suspiras, no va a volver”.

Y aún y todo, cuando vuelve a pasar duele. En esta ocasión no tanto por quién lo ha hecho sino por el cuándo, cómo y a dónde. Porque saltar del barco el primero cuando se ha empezado a hundir un poco para resguardarte en el jardín del vecino, es un poco feo. A mí me da que es lo que hubiera hecho el marido de Rose en Titanic.

Sacudo la cabeza para dejar de divagar y razonar un poco. Porque no vale el dinero que nos han pagado, menos en este año que anda lejos de su mejor versión, y realmente tengo la sensación de que en eso de la oferta y la demanda, hemos salido ganando. Pero el orgullo herido duele. Aunque sea un poco. Por lo menos hasta el viernes.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Mis lecturas favoritas de 2017

Último día del año y parece que esta vez haré a tiempo la lista de las mejores lecturas. La reflexión me pilla en medio del reto de pasarme dos meses sin comprar un libro y por ahora voy aguantando, más de la mitad ya. Lo hice por dos razones: la primera, porque en casa tengo tal cúmulo de libros por leer que hasta me empecé a agobiar; y la segunda, porque me causaba cierta ansiedad el reto y nadie daba un duro por mí. A que no hay ovarios.

Me he dado cuenta que me había convertido en una lectora constantemente insatisfecha que tiene el recelo de que el libro que esta esperando siempre es mejor que el que está en las manos y así, leer era una especie de tarea que simplemente me llevaría al siguiente libro. Ser productiva dejando de lado parcialmente aquella fascinación adolescente que me hacía meterme a la cama antes para regocijarme en todo el tiempo de lectura que tenía por delante.

Pero entre estos dilemas morales, he disfrutado bastante de la lectura, he leído libros que no me importaría volver a leer y alguno incluso lo metería en mis favoritísimos. Aquí van, con un orden más o menos inverso:

-La uruguaya de Pedro Mairal (Libros del Asteroide)

Una de esas joyas que te llega sin querer y que luego recuerdas de vez en cuando. Tampoco se me hace tan fácil decir por qué me gustó, tuvo el poder de hipnotizarme y enamorarme de la manera menos racional.


-El intérprete del dolor de Jhumpa Lahiri (Salamandra)

Lahiri se ganó a pulso ser una autora a la que siempre volver con el primer libro suyo que leí, Tierra Desacostumbrada. Con La Hondonada ya me volví fan fatale y este último que he leído, que realmente es el primero que escribió, me ha recordado el por qué de tanta pasión. Jhumpa Lahiri tiene una habilidad excepcional para retratar los dilemas cotidianos del deber y el querer y como todas esas pequeñas decisiones componen lo que somos, una identidad con miles de matices, a veces contradictorios, a veces compatibles.


-Medio sol amarillo de Chimamanda Ngozi Adichie (Random House)

Sobre Ngozi Adichie poco me queda por escribir que no haya gritado ya a los cuatro vientos. Ella, en todo su ser, es una de las principales Diosas de mi religión, representa casi todo en lo que creo en esta vida y sus libros siempre serán biblias para mí. Medio sol amarillo es una historia tan dura como corriente, porque aquí es Nigeria la que está en guerra pero podría ser cualquier otro lugar. Como seguir adelante, o simplemente como vivir cuanto todo se está destruyendo a tu alrededor, mientras mantienes la esperanza de que esa destrucción a la vez es la construcción de algo mejor.


-El hijo de Philipp Meyer (Random House)

Una de esas grandes novelas americanas que pasan a los anales de la historia. Saga familiar magistralmente relatada por tres protagonistas de diferentes generaciones, con párrafos y páginas para enmarcar. Vaqueros, indios, petróleo... y hasta una mujer ejemplar abriéndonos el camino a las que vendríamos por detrás. Novelón al canto con el que disfrutar horas. 


-El año del pensamiento mágico de Joan Didion (Random House)

Siempre he pensado que es un lujo aprender de las grandes mentes y pocas cosas me parecen más difíciles que aprender a sobrellevar el dolor de una pérdida. Así, intento empaparme de pensamientos tan mágicos como los de Didion, que en este regalo de libro nos relata el año siguiente a la muerte de su marido. Triste, sí, pero también esperanzador, de cómo seguir adelante en la vida hasta cuando sientes la pérdida del mayor de los cimientos. Porque la meta final siempre será recordar con una sonrisa a los que ya no están. 



-Nosotros en la noche de Kent Haruf (Random House)

Los dos, rondando los 70, viudos y vecinos. Una noche, ella toca el timbre de su casa y él le invita a pasar. Se conocen de vista, algún trato han tenido, pero nunca intimando demasiado. Ahora, ella tiene una propuesta que hacerle: dormir juntos cada noche, simplemente tumbarse en la cama uno al lado del otro y dormir. Porque las noches son lo más solitario del día y siempre es reconfortante escuchar la respiración de alguien más. 


-Ciudadanos particulares de Tony Tulathimutte (Alba Contemporánea)

La trillada temática de jóvenes que han terminado sus estudios y están buscando su camino en la vida porque se dan cuenta que no están en el sitio donde pensaban estar adquiere aquí otra dimensión. Tulathimutte crea unos personajes de manera poliédrica, sin dejarse ni una cara, ni una arista ni un vértice. Imposible no sentirte identificado en lo perdidos que se sienten intentando entender cómo gira el mundo y queriendo subirse a él. 


-Una Madre de Alejandro Palomas (Nuevos Tiempos Siruela)

Mi libro de transición del 2016 al 2017, que es cuando lo terminé y por eso cuenta, y fue especialmente acertada la elección de leerla en época Navideña porque el libro justo pasa entonces, cuando una familia algo atípica (como todas) se junta para celebrar la Nochevieja alrededor de una mesa. Hablando de los que faltan, los que vuelven y los que siempre están, contando los dramas desde una perspectiva llena de humor y ternura, me hizo reír y llorar casi a cada página.


-Piscinas vacías de Laura Ferrero (Alfaguara)

A Ferrero la tenía pendiente desde hace meses y al final la cogí por banda intrigada por tanta crítica excelente. Y como en muy pocas ocasiones pasa, las expectativas se vieron superadas por creces. Piscinas vacías en un cúmulo de pequeñas grandes historias, afiladas como puñales, que se te meten dentro. Tan dentro, que pocas veces pude leer dos seguidas, porque cada vez que terminaba una, el cuerpo me pedía parar a regocijarme y a darle ciertas vueltas a la cabeza. Justo ahora estoy con Qué vas a hacer con el resto de tu vida y no me sorprendería si al finalizar 2018 está en esta misma lista. 


-Tierra de Campos de David Trueba (Alfaguara)

Trueba escribe para mí, ahí juega con ventaja y no puedo ser imparcial. Tierra de Campos me entusiasmó de tal manera que pasó directamente a la estantería de mis libros favoritos y ahí sigue, enmarcado en mi recuerdo, con las ganas de releerlo otra vez. Y lo cierto es que me gustó tanto, que me cuesta explicar con palabras el porqué. Lo único que puedo decir es que es Trueba, y Trueba siempre es bien y casi siempre es maravilloso. 


Sigamos leyendo en el 2018.

Urte berri on!


domingo, 10 de diciembre de 2017

La lección que nos está dando OT

Empecé sin ninguna intención. Vimos la repetición de la Gala0 con cierta curiosidad, nostalgia y la sensación de que estábamos viendo algo que no nos correspondía, que esta edición de Operación Triunfo ya no era para nosotras, porque nosotras ya habíamos tenido nuestra edición y ahora ya estábamos mayores.

Luego hubo una canción que quise ver en la Gala1, Los Ronaldos molándolo todo en la voz de dos concursantes que lo hacían bastante bien, pero el apoteosis llegó en la Gala3: City of Stars. La La Land, mi gran obsesión de este 2017 saltaba a la palestra una vez más. Empecé a cotillear los ensayos y ¿qué era ésto? ¿iban a tocar el piano ellos mismos? Y qué bien lo hicieron además. Ahí ya me aprendí bien los nombres de Amaia y Alfred, y también los de Aitana y Cepeda, y cuanto más veía, más nombres me aprendía y más quería seguir viendo. 

Llegaron también las clases de los Javis, Javier Calvo y Javier Ambrossi, la pareja de moda por Paquita Salas y La Llamada, y gracias a ellos y a otra concursante, Marina, hubo una master class espectacular sobre orientación y género sexual que se debería emitir en todos los colegios. Aunque el mayor hito fue cuando la propia Marina, declarada bisexual, se dio un simple beso con su novio trans en plena prime time de la televisión pública. Cómete esa, Hazte Oír. 

Los Javis ilustrados por Pablo Bianco

Mientras, Alfred seguía paseándose por la academia con una camiseta que ponía feminist y pedía que hiciéramos donaciones a una ONG que ayuda a los refugiados porque el Gobierno Español apenas ha llegado a acoger al 11% de lo pactado. Amaia, seguía tocando el piano y la guitarra a todas horas, demostrando una cultura, un gusto y una sabiduría musical para enmarcar en una chica de 18 años. Salió también Ana Guerra, leyéndole la cartilla a Cepeda por escandalizarse al tener que besar a un chico y dedicando su canción (himno para estas alturas) La Bikina, a todas las supervivientes de la violencia de género. Nerea hablando del problema que tiene con su dentadura y de cómo superó su complejo con una madurez pasmosa. Y otra vez Alfred, respondiendo con naturalidad a la pregunta de Ana Guerra de si le gustaría que una mujer levantara el brazo y tuviera pelo en el sobaco: "A mí me gusta lo que me gusta, me gusta la mujer en sí. Si es una persona bella, es una persona bella. Si te gustan las mujeres y no te gusta el pelo, tienes un problema, porque las mujeres tienen pelo."

Y así, me he ido enganchando semana tras semana un poco más a estos chavales. Hasta el punto de que sigo el 24h en mis ratos libres, me he bajado la aplicación para votar y hace varias semanas que alardeo a los cuatro vientos mi fanatismo. He llegado a tal punto, que el otro día a los de mi club de lectura les recomendé que lo vieran mientras que todos me miraban con cara de pero ésta qué se ha fumado. 

Supongo que la educadora que guardé dentro de mí es la que se da cuenta lo valioso que es que haya una generación de adolescentes que tenga a estos triunfitos como referentes. Cuántas chicas habrá que verán gracias a Alfred, que el chico que les gusta no tiene derecho de ser un gilipollas con ellas. Me parecería maravilloso aunque sólo fuera una la que manda a paseo a algún impresentable. Que vean que los chicos a los que idolatran, han estudiado y trabajado mucho para cumplir sus sueños. Que aunque en su entorno escuchen comentarios negativos, es lo más normal del mundo besarte con quien te dé la gana sin que te lo impida su aspecto o lo que lleva entre las piernas. 

Toda esta cultura en la televisión de hoy en día es una joya. 

Por lo que larga vida a Amaia Primera de España y quinta de Alemania y a todos sus compañeros. 

Fan total de esta ilustración de Pablo Bianco


P.D.: Y Roi, que yo soy muy fan de Roi y de su sapoconcho. 

domingo, 19 de noviembre de 2017

¿Puedo empezar ya a ver películas navideñas?

Por qué negarlo, serán los días más cortos, esas horas de oscuridad de más que hay que rellenar de alguna manera, pero cada año por esta época, siento ansias vivas de darme plenamente al moñerismo. Porque en contra de algunas creencias, tampoco lo hago tanto el resto del año. 

Pongo como ejemplo que me decepcionó bastante, romanticamente hablando, y contra pronóstico, el idolatrado San Junipero de Black Mirror. Será que soy algo clásica respecto al tempo, pero en cuanto a enamoramientos, me va más el roce que el flechazo. 

Cierta nostalgia invade mi cuerpo ahora que empiezo a rememorar el año, archivando mentalmente aquellos momentos que se han ganado un hueco en mi memoria. Y quizá por ir asentando esas nuevas experiencias, tiendo a repetir ficciones año tras año, regocijándome en el gusto de ver historias de las que ya conozco el final. 

Navideñas es un decir, o mejor dicho, las vuelvo yo. Será un mecanismo de defensa para que no se me enfríe el corazón tanto como los pies. 

Así, empezaré calentando motores con Wall-E, que siempre queda bien y no denigra mi estatus intelectual. Quizá seguiré con Frozen, un clásico de nuestros días al que aún no se idolatra lo suficiente. Compensaré un poco con Monstruos S.A., pocas películas me devuelven tanto a la infancia, aunque la viera por primera vez ya entrada en la veintena. Es buen sustituto para Cenicienta y Merlín el encantador, casi imposibles encontrarlas ya en su doblaje original. Y aquí, o consumimos mandanga de la buena, o nada.


Nunca pueden faltar Mientras dormías, favoritísima entre todas con esa mirada de Bill Pullman creando expectativas, y El diario de Bridget Jones, con sus frases para la historia y su banda sonora para enmarcar. Añadiré Love Actually, más por la presión social que por preferencia personal, nunca está de más cierta dosis extra de Colin Firth haciendo las mil y una versiones de Darcy. Subiré el listón con El Apartamento para bajarlo estrepitosamente luego con la sobredosis de Hallmark que me ofrecerá y aceptaré en Netflix y redondearemos todo con Beautiful Girls. Siempre es un placer volver a donde los amigos de toda la vida. 

No puedo prometer que esto será todo, lo dicho, me suele dar bastante fuerte. Por de pronto, el otro día mi chica de la habitación de al lado, me instó a que no me perdiera el capítulo 14x07 de Anatomía de Grey y aunque hace algún tiempo que lo dejé, siguiendo su "cualquiera que haya sido fan debería de verlo" lo vi. Me entró tal nostalgia que fui directa al 1x01 con una bolsa de Risketos como acompañamiento. Ni qué decir que detrás vinieron el 1x02 y el 1x03, y estoy deseando terminar de escribir para ver el siguiente. Todo pinta que también pasaré las Navidades en el Seattle Grace.

Pero, ¿puedo empezar ya? ¿O debería esperar hasta el maratón anual de Acción de Gracias con Friends?

domingo, 12 de noviembre de 2017

Sentarse tranquilamente

Sentarse tranquilamente y mirar. Mirar llover, mirar a los pájaros volar o mirar a las hojas caer.

Sentarse tranquilamente y desayunar, con todo el ritual que ello conlleva. Sobre todo con ese café tan caliente que tardará en estar a una temperatura bebible. 

Sentarse tranquilamente delante de la chimenea y vigilar el fuego, la lumbre. Disfrutar del calor que emana, del chisporreteo que suena, de los colores que se ven en las llamas. Decidir si ponerle más leña o si por ahora tiene suficiente para ir tirando.

Sentarse tranquilamente con un libro entre las manos, sin tener que mirar el reloj y siendo los capítulos los que marcan el paso del tiempo. 

Sentarse tranquilamente para hacer un autodefinido, poniendo las palabras que sabes e inventándote otras. Luego ya si eso leerás el periódico.

Sentarse tranquilamente y dejar el libro que lees para coger otro, porque simplemente te apetece cambiar de época y lugar. 

Sentarse tranquilamente porque las alubias ya están hirviendo a fuego bajo y aún falta un rato para que te pongas con los sacramentos. 

Sentarse tranquilamente y pensar que ahora te apetece ver un capítulo de esa serie que tanto te está gustando y que ya has empezado a dosificar. 

Sentarse tranquilamente y leer alguno de los mensajes que te han llegado preguntando ¿aún no te has aburrido? Y parece mentira que no te conozcan porque rara vez te aburres.

Sentarse tranquilamente y preguntarte, ¿pero qué día era hoy?

Sentarse tranquilamente y no hacer nada, porque a veces hacer cosas está sobrevalorado y las vacaciones están para volver como nueva de ellas. 


Mañana ya será lunes, disfruta de las últimas horas. 

domingo, 5 de noviembre de 2017

Mirando las nubes pasar

He desactivado el despertador para una semana. Hacía semanas que lo tendría que haber hecho pero quién me iba a decir que llegaría el día que procrastinaría vacaciones. Y así, me encuentro en pleno noviembre, planeando una semana en el pueblo donde pasé los veranos de mi infancia, con cierto miedo a que no haya leña suficiente para este friolero cuerpo.

Sé que no me voy a aburrir, siempre tuve la sensación que me aburría más en una ciudad llena planes que en el pueblo donde cada uno se busca su quehacer. Será mi Heidi interior, que intenta rebelarse cada vez que me pongo colorete. Porque a veces, el mejor plan es pasarse dos horas haciendo el fuego del horno de leña, para que a final, te puedas comer una pizza. O que vengan unas amigas de visita y que el café tenga que ser de puchero. Todo ese rollo del hygge que ahora han puesto de moda los daneses.

Llevaré la maleta llena de jerseys y de libros que lo suyo me ha costado elegir. A día de hoy, sigo renegando del libro electrónico, creo que casi disfruto más eligiendo las lecturas y viendo el espacio físico que ocupan en mi vida, que después leyéndolas. Así, me voy con El corazón de los hombres de Nickolas Butler por la mitad y para empezar Detrás del hielo de Marcos Ordóñez, Un lugar pagano de Edna O'Brien y un punto de frikismo con Star Wars: Filosofía rebelde para una saga de culto de Carl Silvio y Tony M. Vinci. Será por horas de lectura. Si a esto le añadimos que llevo descargadas las primeras temporadas de Mindhunter y Vikings, el San Junipero de Black Mirror, los últimos tres capítulos que me quedan de Stranger Things y alguna que otra película que lleva meses pendiente, entretenida estaré.


Siete días por delante, con la única premisa de no tener obligaciones y dedicarme a ver la vida pasar. Como aquel señor de El Bosque Animado que cuando le preguntaban si no se aburría viviendo en el pueblo, que al menos en la ciudad te entretienes mirando la gente pasar, y contestaba que para qué quieres entretenerte mirando a la gente pasar si puedes estar mirando a las nubes pasar.

Renovada, pero volveré.