domingo, 24 de septiembre de 2017

Volviendo a nuestro bar

No fue el primer bar al que empezamos a ir. ¿Tendríamos unos 20 años cuando nos asentamos en aquella esquina con vistas a la calle? Algo así.

Y allí pasaron nuestros viernes y nuestros sábados, con la teoría de para qué íbamos a ir a otro bar si por aquel ya pasaba todo aquel que quisiéramos ver. A veces más apretadas, otras haciéndonos dueñas de la pista, siempre pidiendo las mismas canciones con insistencia. Desde La chica ye ye que bailábamos en círculo alborotándonos el pelo, a cualquiera de aquel magnífico primer disco de Estopa que era la BSO de nuestros viajes por carretera, pasando por la ipurdiko pelotilla de Gozategi al Zorionak de Kaxiano que nos hacía arrejuntarnos al rededor de la cumpleañera estuviéramos donde estuviéramos como si de una llamada a la manada se tratase.

Vivimos las noches de karaoke, pasamos la escoba una vez que la persiana estuviera medio bajada y las luces encendidas y hasta diría que más de un matrimonio se cuajó allí mientras Nauzi (jefe en euskera) nos vigilaba detrás de la barra. Entre aquellas cuatro paredes, éramos las reinas del mundo. 

Empezaron a pasar los años y nuestras visitas fueron espaciándose en el tiempo. Trabajos, niñas, años... parece que llega un punto en el que todo pesa para que se alineen los astros. A veces, por nostalgia, he solido volver con otra gente, miento, he solido llevar a otra gente para ver si llegaba a sentir lo mismo, y no. 


Pero el otro día pasó, Saturno con Neptuno, Urano y Plutón (que al final, el pobre ¿es o no es planeta?). O mejor dicho, tuvimos boda de una de las nuestras y la celebración era demasiado cerca para no sentir la llamada. Durante el día no hablamos demasiado del tema, no fuera que nuestras expectativas no se fueran a cumplir. Además, sinceramente, lo estábamos pasando demasiado bien para acordarnos de ello. 

Una vez bien entrada la noche, después de haber estado un buen rato hablando con una jerezana encantadora sobre política y casi haber terminado en lágrimas emocionadas por lo bonito que era eso de entendernos hablando (con unos gin tonics encima habrá que poner también a aquellos que parecen no saber hacerlo), entré a la discoteca y el padre de la novia me soltó las palabras mágicas: Tus amigas han ido al Belfast

Y allí que me fui, sin poder evitar la sonrisa mientras me adentraba por las calles de la parte vieja. Al llegar, justo me encontré con uno de esos a los que tienes que escuchar por educación, hasta que X asomó la cabeza por la puerta y me gritó un "Maddalen, ¡estamos aquí!" que en cuanto me acerqué se convirtió en un "¿De buena te he librado, eh?". Y así entré, con la sensación de que estar dando la vuelta de la victoria con tocado floral en la cabeza incluido. X contándome que I había llegado soltando un "¡Nauzi! ¡Ponnos todas! ¡Una detrás de otra!" y que al poco ya estaba sonando todo el repertorio de Estopa. Me acerqué a la barra mientras veía que Z también andaba por allí a pedir lo siguiente que intentaría beber cuando Nauzi me soltó un "¿y tú dónde andabas?" "En el Gu..." "Pero qué hacías en el Gu..." y cómo explicarle con el ruido que había que yo tampoco lo tenía muy claro qué hacía sin estar allí, que aquél era mi sitio.

Por un rato, no recuerdo exactamente cuánto fue porque no duró mucho, volvimos a ser las dueñas de nuestro bar. Y aunque no estábamos todas, sentíamos que lo estábamos disfrutando también por las que faltaban, para que estuvieran orgullosas de nosotras. 

Espero que el futuro nos tenga guardado alguna que otra noche como aquella. Tampoco le pido mucho, sólo alguna que otra que llegue de improvisto para grabarse en nuestras memorias. 

Guregatik, nexkak.


P.D.: El post estaba escrito desde hace unos días y justo cuando iba a ver la luz, se ha ido uno de esos grandes hombres que han pasado la vida detrás de la barra haciendo de sus bares templos de peregrinación y alegrando el día a día a todo aquel que entraba. Que sirva este post como homenaje a él y tantos otros. 

domingo, 17 de septiembre de 2017

Reflexiones sobre mi armario

El otro día hice el cambio de armario por la necesidad imperiosa de ver con qué arsenal de ropa con la que cuento para afrontar el frío antes de empezar a planear mis futuras compras. Algunas me llamaron exagerada, me dijeron que aún queda verano. No les quise llamar ilusos pero allá cada cual con sus creencias.

Y yo cada vez creo más en no comprar por comprar, sino en comprar por amor o por necesidad. En llenar el armario de aquellas prendas que me quiten la respiración cuando las vea y me hacen sentir un poco más Diosa cuando me las ponga. En primer lugar estudiar lo que tengo y sus posibilidades, para luego trazar una ruta de futuras adquisiciones.


Sin necesidad de atarme a un Capsule Wardrobe, tener sólo lo que realmente me muero por tener, porque los años me han enseñado que de aquello que me apasionó, no me suelo aburrir. Meter en cajas aquello que no va con la temperatura exterior para que al pasar los meses y vuelva su estación, me haga la misma ilusión del principio. Tener mis colores pero cambiarlos un poco cada temporada para no aburrirme.

Ser exigente y al ver algo que me gusta, pensar por inercia si ya tengo algo parecido y combinaciones varias que le hagan ganar a pulso su privilegiada percha. Perder el tiempo en tiendas online para llegado el momento, hacerme con la mejor opción. Cuidarme, mimarme y perfumarme, tener a mano mi rojo favorito de labios para poder verme siempre resplandeciente. 

En definitiva, tenerlo todo preparado para no saber qué es ese miedo atroz de no tengo nada que ponerme. 

domingo, 10 de septiembre de 2017

El otoño no se me escapa

Creía que había sido cosa mía. Creía que al no haberme cogido vacaciones (me iré cuando los demás ya os hayáis olvidado de ellas), tenía esta sensación de no haber tenido verano. Que aunque durante los meses pasados no me había pesado seguir trabajando, al llegar septiembre tenía una especie de gaupasa anual. Porque septiembre siempre es un chute de energía, un despertar, y a mí me llegaba sin haber desconectado del todo.

Pero parece que no, parece que en Donosti el verano ha sido aquel día del que ya no nos acordamos, un día en el que hizo sol, fuimos a la playa y nos quedamos hasta que vimos atardecer mientras bebíamos unas cervezas. No sé, no lo recuerdo bien. Al menos casi cada noche he podido dormir con la ventana abierta de par en par y eso no me lo quita nadie.

Miro por la ventana y veo rodar la primera hoja seca. Esto ya no tiene vuelta atrás. Hayamos tenido verano o no, toca mirar hacia adelante y encontrarle cierto gusto a esto de que los días sean cada vez más cortos y más oscuros.


Y para que los meses que vienen me cundan más que los tres anteriores, pienso hacer muchas cosas. Pienso perfeccionar mi nueva receta de bizcocho con jengibre y canela, pienso ponerme las pilas con eso del batch cooking y cocinar más y más variado. Pienso empezar Game of Thrones desde el principio, porque lo reconozco, me pasé la primera temporada entera sin saber muy bien quién era quién y por qué no decirlo, echo de menos a Khal Drogo. También tengo pendiente seguir con Six feet under y Parks and recreation, empezar con The Wire y descubrir alguna otra serie tipo Younger, que sin duda ha sido el descubrimiento del verano y me la he ventilado dos veces en menos de un mes. También he vuelto a por Grace & Frankie y no me daba cuenta cuánto las echaba de menos hasta que las he vuelto a tener delante. Pienso leer todo lo que no he leído en verano, porque sí, soy una de esas raras personas que lee mucho más en invierno. Me están esperando Hijos del ancho mundo de Abraham Verguese, Tan fuerte, tan cerca de Jonathan Safran Foer y Detrás del hielo de Marcos Ordoñez entre otros, aunque el 25 de septiembre se parará mi mundo porque publican lo nuevo de Nickolas Butler. Pienso tejer, o hacer punto de cruz, como hacía hace algunos años. También tengo una tela de terciopelo dorado por ahí para confeccionarme un clutch muy al estilo Acne. Me escaparé al campo más a menudo, que este año no se me escapen ni los colores ni los olores. Y cada dos o tres días, mascarilla y acondicionador porque este invierno voy a tener pelazo.

Por ahora ya he cambiado de perfume, porque pocas satisfacciones tan grandes como volver a esos aromas que te abrigan como una bufanda más.

Suena Song for Zula de Phosphorescent, la versión en directo en la iglesia St. Pancras, no sé qué tienen las teclas de ese piano que me mueven por dentro. Sus acordes son el pistoletazo de salida perfecto porque siempre he pensado que esa canción me recordaba a otoño y ahora, ya lo es. Qué sabrá el calendario.

Hazte un bizcocho, enciende una vela, ponte debajo de una manta, coge ese libro que tienes pendiente y disfruta. Que las hojas vayan cayendo ya si eso.


domingo, 30 de julio de 2017

Comprando en julio

Rebajas, esa palabra que tan deseada era hace unos años y que tan poco dice ahora. Puede que mi lista de adquisiciones que venga a continuación indique lo contrario, pero hace ya un tiempo que dejé de volverme loca esperando los días señalados. Atrás quedaron las épocas en los que me hacía con vestidos que tampoco me gustaban tanto en colores que tampoco me favorecían tanto o cuando llenaba el carro de trapos simplemente por el hecho de que tocaba comprar algo. Con lo que me agobia llenar el armario con cosas que no utilizo, creo que he llegado a ese punto en el que compro con cabeza. Toquemos madera para no volver al lado oscuro.

Principalmente, supongo que he aprendido a tener paciencia. En saber justo qué es lo que quiero, pensar en con qué me lo pondría, en si tengo algo parecido en el armario o algo que me sirviera en las mismas ocasiones. Doy tantas vueltas que puede que me termine volviendo loca pero al menos mi bolsillo y mi armario lo agradecerán. Mi modus operandi ha cambiado, quizá gracias a Pinterest, pero ahora compro para cubrir una necesidad, ya sea real o amorosa, pero en mi cabeza sé lo que quiero y lo busco con ahínco hasta encontrar algo que me convenza. 

Este año, estoy especialmente contenta. No voy a decir que hice una lista y que la he seguido a pies juntillas, digamos que identifiqué mis necesidades y que estoy aprendiendo dónde buscar mejor. 

Aquí están:

-Zapatillas blancas: Lo sé, están en todos los lados y justo por eso yo también me di cuenta que era el calzado veraniego que necesitaba porque iba bien con todo mi armario. Aquí donde me veis tan fina, mi pie tiene la anchura del de un hobbit, por lo que he aprendido a ir a Vans de cabeza. Me llegó un vale de Zalando diciendo que me echaban de menos blablabla y lo aproveché para hacerme con unas Vans básicas, blancas y con velcros. Estoy encantada.

-Chanclas: Mucho zueco sueco precioso pero al final termino pasando el verano en chanclas, me ha costado mucho reconocerlo pero así es, soy demasiado comodona. Y ese es el punto donde unas sandalias que antes te parecían feas como las Birkenstock, las terminé probando y son tan cómodas que me enamoré de su belleza interior. El año pasado ya me hice con unas Arizona que no me quité y este año he ido en caza y captura a por el modelo Madrid Eva en blanco. Perfectas para ir a la playa y que de igual que se llenen de arena.

Pero antes de las Birkenstock, el reinado era exclusivamente de las Havaianas y todavía al menos un par tengo que tener. He repetido el modelo gris-plata unas tres veces y como todavía las tengo (aunque tan viejas que me da vergüenza sacarlas a la calle), en Amazon encontré unas salmón-naranja a mitad de precio y me lancé.

-Zapatillas de deporte: Necesitaba renovar mis zapatillas de "hacer deporte" (supongo que no soy la única que es incapaz de ir al gimnasio con las mismas zapatillas que luego utiliza para "vestir"), ya no sé cuantos años tenían y otra vez mirando en Amazon, boom, unas Nike preciosas con un -60% a 40€.


-Jersey de invierno: Llevaba unos días buscando use jersey perfecto de invierno que yo llamo con "estilo nórdico", me había rastreado las rebajas y los outlets de mis tiendas online de cabecera, pero nada. Hasta que ayer, entramos en las rebajas de las Galeries Lafayette a salsear y ahí estaba, con un -70%+-20% por ser ayer. Casi lloro de la emoción. 

Pero quizá lo más gracioso fue cuando el domingo pasado bajé a hacer algunos recados y encontré una de esas tiendas que abren los domingos para los turistas. Entré y encontré (por fin) el cárdigan mostaza que llevo buscando ya no sé ni cuantos años. Cosas del destino.

-Parka de invierno: Porque haciendo honor a la verdad, fue la parka la que casi me hizo llorar de la emoción en Lafayette. Una preciosa para gordita, de un tono ocre que me hará salir del verde militar de siempre. Y sí, con el mismo descuento que el jersey, en un precio de risa. 


Compras pendientes que seguiré buscando con paciencia por si suena la flauta:

-Reloj: Porque tengo dos y ninguno de los dos me convence ahora mismo, al final voy sin nada, cosa que me da mucha pena porque siempre he sido muy de llevar reloj.

-Clutch dorado: Fui de las que sucumbió a aquel clutch tipo neceser que sacó Zara hace unos ¿ocho años?. Lo he utilizado, me ha encantado sacarlo de paseo aún cuando las masas dejaron de hacerlo, siempre que el día necesitara algo de brillantina. Pero ahora el pobre está ya perdiendo lentejuelas por el camino intentando imitar a Pulgarcito, por lo que va siendo hora de buscarle sustituto. Si no aparece nada, amenazo con comprar un retal de terciopelo dorado e intentar hacerme esa maravilla que sacó Acne Studios hace unos años.


Y así, ni vestidos, ni faldas, ni bolsos (ya tengo el más bonito de todos o sea que para qué), ni camisetas... aunque si encuentro alguna camiseta marinera de manga larga no respondo. 

Un abrazo,
Maddalen

domingo, 23 de julio de 2017

I like mondays in Dragonstone

Ayer estaba en la tienda trabajando y en el Descubrimiento semanal de Spotify sonó el tema I don't like Mondays cantada por Tori Amos. Y me acordé de cuando la cantaba Bob Geldof como artista invitado en un disco que escuché mucho en mi juventud. Creo que era un recopilatorio de Bon Jovi.

Tell me why, I don't like mondays... A veces en un segundo, un par de acordes son más que suficientes para viajar en el tiempo.

Por un momento me puse a pensar en lo identificada que me sentía entonces con la letra (lo poco en llegaba a entender) y la suerte de que tengo ahora que los lunes no me molesten. Sí, ya estoy otra vez con el asunto de cómo me gusta mi trabajo, bla-bla-bla... Pero es que estas siete semanas voy a tener un plus. Seguro que ya sabéis por donde voy.

Así es, el pasado 17 de julio a las 03:00 hora española se estrenó la nueva temporada de Game of Thrones en HBO, esa que ha encumbrado la costa gipuzkoana como la tierra prometida. Después de algo más de un año, por fin ha llegado el invierno y el desenlace de esta trama de poder con ciertos tintes de culebrón venezolano, se está acercando. ¿Qué nervios, eh? Seguro que no soy la única que se le pone la piel de gallina sólo que escuchar la música inicial. Fui de las que empezaron a ver aquel lío de nombres justo cuando empezó. Aquí escribí sobre ese árbol genealógico que me salvó la primera temporada. Porque ahora ya todos son como de la cuadrilla de toda la vida, pero al principio era como cuando te toca una familia política interminable.


En casa ahora somos tres las locas de la serie y estos meses de espera los hemos sufrido en compañía. Eso sí, luego cada una a ver el capítulo cuanto antes por su cuenta, que aquí no hay amistad digna de atrasar el visionado. La temporada pasada, cuando coincidíamos en el timing, era gracioso vernos a cada una meterse en su habitación, sincronizarnos e ir comentándolo por WhatsApp. Las tecnologías nos están llevando demasiado lejos.

El domingo pasado, nerviosa ya a esta hora de la tarde, de repente me acordé que tengo HBO, ergo podía verlo cuando quisiera una vez pasadas las 03:00 horas. Sí, me planteé despertarme a esa hora pero estoy en una edad en la que empiezo a tenerle miedo al insomnio por lo que deseché la idea no sea que luego no pudiera volver a dormirme de la emoción. Pero lo que sí decidí fue adelantar mi despertador para ver el capítulo antes de ir a trabajar. Y aunque no me levanté en mitad de la noche, sentí la misma emoción que cuando una vez de pequeña, en casa nos despertamos todos en plena madrugada para ir al monte a ver las Perseidas. 

Así que mañana, otra vez, adelantaré mi hora de despertarme y disfrutaré del segundo capítulo. Después, emocionada y muy arriba, me levantaré, desayunaré e iré a trabajar con unos andares dignos de la madre de dragones. Porque si antes me costaba dormirme una vez terminado el capítulo, ahora voy a tener todo el día por delante para regodearme en mi emoción.

Maddalen


P.D.: En Hunky Dory nos lo hemos pasado bomba asignando perfume a los protagonistas de serie.

domingo, 16 de julio de 2017

La locura del bolso (parte II)

Os juro que pensaba que nunca lo iba a tener. El post anterior sobre el bolso lo hice medio en broma y la gracia se me fue de las manos, hasta de la radio me llamaron para saber qué tenía ese bolso para quitarme el sueño. No me quita el sueño, dije, dejémoslo en que sueño con él.

Aquel post fue una manera de despedirme de la obsesión, verbalizarlo para afrontarlo, y poco a poco me fui haciendo a la idea. Hasta que un día tonto cualquiera, me metí en la tienda online de marca y ahí estaba, fuera de stock. Adiós, ya para siempre, olvídate de mí. Y no pases 19 días y 500 noches que nos conocemos.

Pero no me resistí, quise dar una última vuelta sin esperanza por Google, como si de un funeral digno se tratase, con toda mi pena en ebullición. Pero allí, en esa segunda página del buscador donde dicen puedes esconder un cadáver, estaba mi bolso. Realmente lo que estaba era una tienda online de una cadena de zapaterías parisina de la que nunca había oído hablar. Desconfianzas por delante, ahí estaba, disponible, esperando a que yo hiciera un par de clicks. Con un nerviosismo creciente, di un paseo por París gracias al street view: las zapaterías estaban donde decían estar y los escaparates no tenían mala pinta. Por último, llamé a ese amigo que sabía que me diría algo así como "te lo tienes que comprar" y me lancé.

Lo cierto es que seguía sin creérmelo. Me repasé el seguro de Paypal y su política del pago a 20 días para estar preparada por si no volvía a saber nada de las zapaterías parisinas. Me metí otra vez, para verificar que realmente estaba ahí, en pedido procesados, pendiente de envío, y cuando quise admirar una vez más la ansiada adquisición, me encontré con un viejo amigo, el cartel de Sold Out, aquí también había llegado pero esta vez yo había sido más rápida.

Y llegó, al segundo día laborable ya estaba el repartidor entrando por la puerta de Hunky Dory con mi paquete en la mano, envuelto en la reconocible cinta de embalar de Venise Collection (que desde ahora son mis zapaterías favoritas de París y totalmente recomendable el servicio de venta online que tienen). Firmé, esperé a que se fuera el repartidor, abrí y ahí estaba. Palpé, maravilloso cuero. Bien. Olfateé, maravilloso olor a cuero. Más que bien. Era perfecto, mejor aún de lo que había imaginado.

Y así llevo, casi dos semanas. Admirándolo con el fervor de Gollum por el anillo.

 @wayaiu me retó a enseñar lo que llevo en el bolso

El otro día, una amiga me decía que no entendía lo mío con los bolsos, que no le entraba en la cabeza tanta pasión. Decía, que a ella le gustaban los vestidos, porque con ellos se podía ver más guapa, pero que un bolso no tenía ese poder. ¿Por qué entonces volverse loca por uno en concreto?

Tampoco supe muy bien qué responder, sonreí y no sé si pude disimular la cara de esto lo entiendes o no, y si no lo haces, poco puedo hacer por ti. Creo que le dije algo como que al igual que hay gente que colecciona arte o les gustan las joyas, a mí me gustan los bolsos. Supongo que será esa mezcla de practicidad y belleza, no sé, tampoco entiendo muy bien mi pasión por los aguacates y ahí está.

Cuando me llamaron por la radio, me preguntaron cuántos bolsos tengo, no sé si pensaban que respondería que tengo una habitación entera de ellos o qué. Tampoco tengo tantos, pero me gusta que los que me compro me apasionen. Me gusta desearlos de antemano, anhelarlos, planificar su compra como si de un día señalado se tratase o la emoción de decidirlo a lo loco. Luego, a veces, hasta los dejo colgados de la pared, a la vista, para admirarlos hasta cuando no los tengo entre las manos.

Dicen que los heroinómanos siguen pinchándose queriendo repetir aquel primer subidón que los atrapó para siempre. Lo mío fue algo parecido, con la suerte de que se ha vuelto a repetir varias veces y ahora que lo pienso, puede que sea la razón de lo mío con los bolsos. Tenía yo 25 años cuando nuestra madre nos dio a mi hermana y a mí una paga extra para comprar algo que nos gustara en las rebajas. El dinero daba para unos un par de vestidos en Zara, una sudadera y dos camisetas en H&M, un abrigo en Mango y hasta un par de bailarinas en Blanco. Pero en cambio, me gasté todo el dinero en un único bolso. Negro, clásico y de cuero. Fue al tocar (¿suena demasiado pervertido si digo acariciar?), al oler y al admirar aquel bolso cuando supe que mis días en Misako habían llegado a su fin.

Desde entonces ha habido varios, de todos los tamaños y colores, y hasta tengo la manía de no repetir marca (menos los de Zubi que tengo cuatro). Y lo mejor de todo, es que cuando los utilizo, vuelvo a sentir aquel primer subidón que se ha vuelto mi adrenalina particular.

¿Si le cuento todo esto a mi amiga lo entenderá?

Por lo que sí. Estoy encantada con mi nuevo bolso, ese que tanto me costó encontrar, que se volvió una obsesión y que aún no me creo del todo que esté en mi armario. Con todas las cosas que uno no puede conseguir en este vida, está bien que de vez en cuando puedas hacerte con alguna, por muy descabellada que parezca, y disfrutarla, mucho.

Maddalen

domingo, 9 de julio de 2017

Hace dos años ya

El otro día, estaba en la tienda, y llegó un sobre enorme desde Francia lleno de información y muestras de una casa de perfumes. En seguida reconocí la pegatina que tenía fuera e identifiqué la marca, porque cuando escribía El Tocador de Dorothy, ya hablé varias veces sobre ella. Tenía una historia curiosa, unas inspiraciones muy bonitas, de esas que me atrajeron como la miel. Con el tiempo probé sus perfumes, hasta tuve algún frasco que terminé regalando porque no era para mí. Y cuando el otro día llegaron esas muestras sin nosotras pedirlas, sólo porque la creadora de la marca estaría encantada de que su marca estuviera presente en Hunky Dory. Justo ese momento, fue uno de esos pequeños momentos en el que me di cuenta de todo lo que hemos hecho y me emocioné.

Lo cierto es que no sé si creo en el destino. Para mí ese significado de estar destinado a algo, carece de la connotación mágica de todo está escrito, me parece más amoldable, más trabajable por uno mismo. Como si el destino fuera la consecuencia de los actos, como si no te pudieras librar de él no porque un ente poderoso te está empujando a ello, sino porque te lo has ganado a pulso. Para lo bueno y para lo mano. Y por esta teoría, lo de montar nuestra propia tienda, dejando la modestia de lado, era nuestro destino.

Una vez, antes de todo esto, bueno después de mi afición por los perfumes, después del blog, después del frikismo extremo pero antes de la tienda (siendo exactos, una semana antes de que la chispa de la idea de la tienda), le conté a mi hermana que iba a empezar a preparar unas oposiciones. Ella, nueve años menor que yo y que emana sabiduría por los poros por mucho que luego lo disimule muy bien preguntándote veinte veces cuánto tiempo hay que tener cociendo los macarrones (¿y las patatas? ¿y las vainas? ¡y ay, he perdido las llaves por centésima vigésima tercera vez!), me dijo que no, que no podía, que lo mío con los perfumes era demasiado especial para no dedicarme a ello. Y yo me quedé cortocircuitada entre pero esta niña qué dice y ¿y si tiene razón?

Por suerte, como he dicho, una semana más tarde el destino nos puso sobre la palestra la posibilidad de hacer este proyecto y nosotras avispadas que somos un rato, la cogimos al vuelo, sorprendidas en darnos cuenta la ilusión que nos hacía. No sé cuántas veces habré contado ya la misma historia, al no tener descendientes, a alguien le tengo que contar cómo la tita Eva y yo decidimos saltar al vacío y montar nuestra propia perfumería.

Regalos que emocionan por nuestro segundo aniversario.

Y desde entonces, dos años ya. Dos años en esta esquina con vistas al mar, cada vez más asentadas y con el truco cogido por qué lado hay que venir cuando sopla el norte como si no fuera a haber un mañana. Dos años entre olores, eligiendo marcas, descartando otras y disfrutando mucho de lo que tenemos en la estantería. Dos años vendiendo maneras de mimarse uno mismo, no es mal trabajo. Dos años con el orgullo de que será de las pocas perfumerías donde suenan los Creedence, Belako, Ella Fitzgerald y por supuesto, Bowie. Dos años viniendo contentas a trabajar, viendo crecer día a día a esta niña bonita que creamos de la nada. Dos años que tenemos el lujo, el placer, el privilegio de trabajar en lo que nos gusta.

Por lo que si os apetecen unos mimos perfumados, la tita Eva y yo os esperamos en Hunky Dory Laboratory.

Brindemos por muchos años más.


Maddalen